Tal día como hoy de hace exactamente cien años fallecía el compositor francés Claude Debussy. Considerado, junto a Maurice Ravel, máximo exponente del impresionismo musical –a pesar de su propio desinterés por adscribirse a este movimiento artístico– , marchaba a los 55 años dejándonos un admirable legado que le convertiría en uno de los más destacados creadores musicales de la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. El París del cambio de siglo, que se abría con indisimulada curiosidad a los estímulos culturales llegados de todas las partes del mundo –la Exposición Universal de 1889 hizo llegar los sonidos del gamelán balinés, entre otros, a los sensibles oídos del genial compositor– y su permanente contacto con artistas, poetas, literatos y pensadores contribuyeron a tamizar en él una estética musical diferencial, tan ecléctica como profundamente personal.

En un momento en que el postromanticismo wagneriano agotaba los últimos estertores del modelo tonal que había vertebrado la música europea de los últimos doscientos años y mientras, algo más al este, brotaban las propuestas atonales, seriales y dodecafónicas de los compositores de la denominada Segunda Escuela Vienesa –Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern, frente a la primera formada por Haydn, Mozart y Beethoven–, Debussy optó por explorar las etéreas salas de la composición modal, ajena a los tradicionalismos armónicos tenidos como irrenunciables hasta el momento. Al igual que los poetas simbolistas de la época, volvió para ello su mirada a la antigüedad grecolatina, convirtiéndola en renovado modelo de modernidad, en una suerte de renacimiento estético al alcance solo de los más grandes creadores.

Todo el que se aproxima por primera vez a su Preludio a la siesta de un fauno, como otrora el público parisino que asistió admirado allá por 1894 a su estreno, queda preso de una música embriagadora, cuya sutileza instrumental es solo comparable a la quintaesencia de sus cálidas texturas. Es la obra de Debussy la de un hombre que amaba la vida, la naturaleza, el arte, la belleza. Su extensa producción pianística jalona un camino que, nacido en Bach –como casi todo–, pasa por Mozart, Beethoven y Chopin hasta llegar a él. Sus aportaciones a la escritura y a la propia técnica del instrumento son incuestionables, como lo son sus originalísimas orquestaciones, que zambullen al oyente en mundos oníricos de un preciosismo instrumental desconocido hasta ese momento. Música de compleja escritura y de difícil interpretación, revela sin embargo un profundo conocimiento del arte de la composición y coloca a su autor con toda justicia en un lugar destacado de la Historia de la Música. Hace un siglo que nos dejó. Pero los “sonidos y perfumes” de su música siguen, como reza el título de uno de sus Preludios para piano, “girando en el aire de la tarde”.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 25 de Marzo de 2018]

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