Desaprender

“Cette étude vous fera du bien”. Así describía el primero de sus Estudios para piano el gran compositor y pianista Frederick Chopin para uno de sus alumnos. “Este estudio te hará mucho bien…” para continuar apostillando “…si lo estudias como yo te diré: de otro modo, desaprenderás”. El aprendizaje, ese fascinante proceso en el que nos vemos inmersos sin poder evitarlo en modo alguno, desde que nacemos y hasta el final de nuestros días. Más completo y satisfactorio en compañía, de la mano del genuino pedagogo que, como Chopin, sabe, quiere y puede enseñar, al menos, a no desaprender.

Hace unos días acudía al cine junto a mi sobrina de once años para ver una de esas películas de tono familiar. En ella, un grupo de monjes decide sumarse a la cosa futbolística para garantizar la continuidad de su vetusto monasterio. Más allá del argumento y la calidad del filme, me sorprendió su calificación: no recomendada para menores de siete años. Dado el uso continuo de palabras malsonantes y términos poco adecuados para menores que utilizaban los personajes –incluso a modo de mantra en algunos momentos– aquel auditorio básicamente infantil no parecía ser el más indicado para su consumo. ¿Me estaré haciendo mayor?

Basta con encender la televisión para comprobar que las posibilidades de desaprender lo aprendido en esa escuela que todos convenimos en considerar fuente de crecimiento intelectual aumentan a golpe de mando. Habrá quien considere que la relajación del léxico, la ausencia de imaginación en los formatos y el bajo nivel de entrevistadores y tertulianos hacen más accesibles los contenidos al público. No lo comparto.

Ahora que parece abrirse, de nuevo, el melón del Pacto de Estado por la Educación convendrá desplazar también el foco del debate educativo desde las aulas a la calle, a las familias, al entorno de nuestros jóvenes. Las herramientas con las que contamos los docentes, aún siendo muchas y poderosas, se muestran inermes ante el aluvión de mensajes groseros y chabacanos, los comportamientos viles, y el tono soez de personajes que son tomados como modelo por nuestros menores. Un auténtico Pacto de Estado por la Educación debe ser transversal, ya que de otro modo nacerá, si es que finalmente lo hace, mutilado. Se habla de contenidos, de competencias, del acceso a la función docente –asunto éste de enorme trascendencia que merece ser tratado extensamente en otro momento–, del dinero para becas, de los medios TIC. De poco servirá todo ello si no conseguimos que el entorno social de nuestros alumnos sea más amable, acorde a lo que los profesores nos esforzamos cada día en transmitirles. Los medios públicos, y aquellos que reciben fondos públicos, deberían estar obligados a reconsiderar periódicamente su código deontológico. Y los privados deberían al menos hacérselo mirar.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 11 de Febrero de 2018]

Todas las entradas de

Dejar un comentario