Libertad de prensa

Celebrábamos esta semana la festividad de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Excusa ideal para saludar la imprescindible labor que realizan los informadores, pero también para pedir al santo algo de iluminación para los que desempeñan un oficio que, en tiempos de posverdad, no pasa por su mejor momento. El creciente buenismo político, las verdades a medias, y la inmediatez de unas comunicaciones que supuestamente nos permiten llegar a las fuentes son el ecosistema perfecto en el que cada uno puede aseverar, desde la cátedra de su cuenta de twitter –o desde el cobarde anonimato de un vacío avatar en el peor de los casos–, lo que le venga en gana. Los norteamericanos, que ya se sabe marcan tendencia, tienen hoy un presidente que gobierna a golpe de tweet. Yo voy poniendo las mías a remojar.

Decía el profesor Mateo Valero, director del Centro Nacional de Supercomputación, en su disertación del pasado jueves en la Universidad Católica de Ávila para celebrar en esta ocasión al santo patrón de los estudiantes Tomás de Aquino, que se produce ya más información en un año que en toda la historia precedente. Y que los datos son el oro del siglo XXI.

En alguna ocasión he manifestado mi opinión sobre los riegos de disfunción del proceso comunicativo que nos acechan tras cada esquina de la red, y del peligro que corremos de interpretar el mensaje equívocamente solo por sus perfiles. Siempre hay quien ve una oportunidad en ello. Existe un programa en La Sexta, por ejemplo, que cada noche recorre la –a su juicio– actualidad de la jornada apostillándola con chascarrillos. No cabe duda de que la sonrisa es un magnífico bálsamo para reponernos de la cruda realidad. Pero convertir la ironía en refugio desde el que lanzar sistemáticamente proclamas contra colectivos y personas concretos no tiene tanta gracia. La franja horaria vespertina, habitual de los informativos, en la que se emite y el tono general del show parecen indicar que nos encontramos ante un noticiario. Sin embargo, el tránsito entre noticia y opinión sin solución de continuidad –aquí radica a mi juicio la perversión del formato– cuando de tratar temas complejos se trata ampara impunemente al que mezcla opiniones personales con arengas interesadas y capciosas, que llegan incluso al esperpento al celebrar los fracasos de encomiables empresas, o entrevistar a personas con el único objetivo de dejarlas en ridículo. Lástima, porque muchos de los chistes que los guionistas ponen en boca del presentador tendrían ciertamente gracia bajo un honesto epígrafe de “humor” nunca explicitado, al igual que bajo el de “opinión” se encuentra esta columna. Será que la presunción de inocencia, el buen gusto y el respeto dan menos cuota de pantalla que el concepto que de libertad de prensa algunos tienen.

Decía el gran compositor ruso Igor Stravinski que la única forma que tenía de encontrar la libertad en sus composiciones era marcarse unos límites. Quizá por ello son tan buenas.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 28 de Enero de 2018]

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