La nevada

Feliz Año Nuevo. De nieves, año de bienes. Prometedor 2018 a decir del refranero. La nevada del siglo nos sorprendió a todos mojando el roscón y derramó sus bendiciones en forma de copos generosos con los que recordar a nuestras olvidadizas almas quién sigue mandando aquí. Igual que la caprichosa bacteria que a algunos nos mantuvo encamados durante días, así el meteoro desbarataba en horas nuestros más depurados planes. La naturaleza nos pone en nuestro lugar: suya es la victoria, siempre.

Y ante semejante demostración de poderío, dos opciones: pánico, nerviosismo y caos, o admiración, paciencia y colaboración. Como ha hecho siempre desde que alguien acertó a plantar su tienda por primera vez en el páramo, la crudeza del invierno castellano nos puso de nuevo a prueba. Unos le respondieron calzándose las botas, pala en ristre, sabedores de su debilidad pero también de que tras la tempestad siempre viene la calma, haciéndole frente. Otros no. Sabedores de su desventaja en tan desigual contienda, algunos optaron por recuperar la sana costumbre machadiana de hacer camino al andar. Otros no. Unos tiraron de refranero también para poner al mal tiempo buena cara. A otros les da igual el tiempo –y el refranero– para ponerla mala. Unos tomaron memorables instantáneas del blanco manto como recuerdo. Otros prefirieron tomarlas como arma: confundieron el adversario.

La primera vez que fui a tocar a Nigeria descubrí hasta qué punto era cierta la recomendación de la única guía de viajes que encontré sobre el país. Decía en su cuarta página, en negrita, que allí uno debía estar presto a cambiar sus planes en cualquier momento. Verbigracia, la pérdida del equipaje nos obligó a recorrer pintorescas “boutiques” africanas para tener algo con que mudarnos la entrepierna. Un desafortunado incidente aéreo obligó a aplazar el concierto varios días, y a fe que cambiar un vuelo allí no es lo mismo que aquí. Y hubo más. Pero a este lado del mapa gobiernos de todo signo se dan de bruces recurrentemente contra la frágil cubierta de cristal de la burbuja que hemos dado en llamar sociedad de bienestar en la que habitamos. Lo que algunos consideran adversidad no es otra cosa que la naturalidad misma. Aprendí de mis viajes a tierras más duras que la capacidad de adaptación al medio es una forma de inteligencia. Que aquello es más verosímil que esto. Y que el empeño permanente por buscar culpables –en lugar de responsables que es, de largo, mucho más práctico– constituye la mejor garantía de la frustración del común ante situaciones difíciles.

Es lo bueno que tienen estas cosas. Que ponen a cada uno, dueño de sus propias reacciones, en su sitio. Sin ambages, ni caretas. Al fresco cada uno se muestra tal cual es. El cenizo en sus trece y el prágmático en lo suyo. Yo me quedo con que el pesimismo, al igual que el miedo, carece de utilidad práctica. Y además provoca úlcera.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 14 de Enero de 2018]

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