Crítica del concierto de la Orquesta Sinfónica de Ávila

Sábado, 30 de Diciembre de 2017. 20:30 horas

Sala Tomás Luis de Victoria del Centro de Exposiciones y Congresos Lienzo Norte de Ávila

Obras de Ravel, Soutullo/Vert, y Mussorgsky

Salvador Vázquez, director

Permítaseme expresar la emocionada satisfacción del deber cumplido, que me embarga cada vez que les escucho, al contemplar en el escenario a varias generaciones de alumnos que lo han sido del centro que dirijo desde hace ya algunos años como integrantes de la sinfónica abulense. Me compete hoy no obstante corresponder a la amable invitación que me cursa Juventudes Musicales, principal artífice entre otros del milagro, para cubrir la crítica de su último concierto. Así haré con gusto, con el cariñoso rigor que procuro siempre al crecimiento de nuestros jóvenes artistas, y que estoy seguro ellos sabrán compartir.

Celebraba la Sinfónica de Ávila el quinto aniversario de su encuentro navideño. La sala Tomás Luis de Victoria abarrotada –abonados buena parte a la Segunda Temporada Sinfónica y de Cámara de Lienzo Norte– saludaba el esfuerzo con masiva presencia en un evento de pago. En el podio Salvador Vázquez, director invitado, dirigió sin partitura a una orquesta sin complejos. Abría el programa la Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel. Trabajo cuidadoso el del malagueño, con un notable control del pianissimo, quizás algo excesivo en una sala de las dimensiones de la sinfónica de Lienzo Norte. Delicado arranque resuelto no obstante con destacable preciosismo por una orquesta que hubiese trazado tal vez un mejor fraseo con un tempo algo mayor.

Sirvió de intermedio a la primera parte el de La leyenda del beso, algo descolgado quizás del resto del programa, pero que hizo las delicias del público gracias en buena medida a una dicción melódica de la cuerda digna de todo elogio.

De vuelta a Ravel, se creció enseguida la sinfónica con su celebérrimo Bolero. Todo un reto para sus jóvenes integrantes por la difícil sucesión de pasajes a solo, encomendados principalmente al viento, de una partitura tan conocida en su conjunto como ignota aún para buena parte del público en sus detalles: acertado programa. Más resueltas unas que otras, pero con encomiable valentía y sentido musical todas –hay que estar ahí arriba para defenderlas–, las entradas del famosísimo tema jalonaron convincentemente el más popular crescendo de la historia de la música. Resultó en definitiva bien construído, gracias sobre todo al impecable ostinato rítmico de la caja y a un oboe, requinto y trombón que brillaron con luz propia. Un hito más, como con Mahler no hace mucho, en la trayectoria de la agrupación.

También con algo más de luz en el escenario llenaron la segunda parte del concierto los Cuadros de una exposición, en la magistral orquestación que del ciclo para piano de Mussorgsky hizo el protagonista de la noche. Unos días antes buena parte de la pinacoteca original era interpretada por el joven pianista Antonio Bernaldo de Quirós en la sala homónima –a la memoria de su recordado tío abuelo– del Lienzo con una brillantez solo superada por su humilde contribución a la celesta, como uno más, en la lectura orquestal de Ravel. Admirable ejercicio de concertación, concentración y compenetración hizo la sinfónica para esta endiablada composición, repleta de contrastes sonoros e irregularidades métricas. Quedó patente el magnífico trabajo realizado por el conjunto en Tullerías, los Polluelos en los cascarones y el Mercado de Limoges, piezas todas de compleja resolución para cuerdas y maderas. Algo falto de estructuración en su arranque, el tema del Paseo mejoró en sus sucesivas apariciones. Hermoso color el del inhabitual saxo en El viejo castillo, y destacada ejecución del trompetista en el original y difícil papel del judío pobre en Samuel Goldenberg y Schumle. Bydlo mejoró también a la par que el carromato cuya pintura evoca. De lo mejor del concierto fue sin duda la intervención de los metales en Catacumbas: entradas precisas, sonido cubierto, y expresivos contrastes dinámicos nos hicieron olvidar momentáneamente que nos encontrábamos ante una agrupación no profesional. Tras una exaltada Baba-Yaga arrancada con arrojo y valor por Vázquez a la orquesta, volvieron los metales a brillar en la Gran puerta de Kiev, apoteósico final que les hizo acreedores de una cerrada ovación.

No podía finalizar la cosa en vísperas sin una Marcha Radetzki que, de cara al nuevo año y a cargo de nuestra sinfónica, parece llamarnos a un irrenunciable optimismo. Sea.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 2 de Enero de 2017]

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