Fechas propicias para acudir a conciertos son sin duda estas en las que nos encontramos. Ayer mismo la Orquesta Sinfónica de Ávila colmaba de nuevo nuestras expectativas con otra de esas pequeñas pero rutilantes victorias tan necesarias en el panorama musical actual. Un concierto que, como el resto de los que componen la Segunda Temporada Sinfónica y de Cámara de Lienzo Norte, mantuvo un complejo equilibrio entre la elección del repertorio, la solvencia técnica y musical de los intérpretes y, lo que es más importante, la búsqueda de la implicación del público en la construcción de una auténtica cultura musical alejada de lo pintoresco o lo anecdótico.

Ya en alguna ocasión he manifestado desde estas páginas mi opinión acerca de la importancia que tiene en una ciudad como la nuestra programar con responsabilidad, conociendo los intereses y las inquietudes del público, pero sobre todo unas necesidades y un alcance –a menudo no es el cuánto, sino el cómo– que no siempre son contemplados. Programar no es sencillo, ni barato. Pero es necesario para el crecimiento de la ciudad, tal es el de sus habitantes. Se hacen imprescindibles para ello coordinación –el solapamiento de conciertos dirigidos al mismo tipo de público, incluso de una misma entidad, es más frecuente de lo deseable–, inteligencia en la distribución de los recursos, y contacto permanente con artistas y agencias. Un evento artístico “de calidad” no lo es porque se publicite como tal, sino por la profesionalidad en su gestión y ejecución. Una profesionalidad cuyo resultado artístico el público sabrá refrendar, y abonar, si se le presenta con una asiduidad que le permita su adecuada ponderación. Solo así la industria cultural contribuirá al tejido productivo, particular empeño entre otros de un servidor.

En los últimos años hemos asistido a un crecimiento exponencial de los conciertos benéficos. Es este un tema complejo que sin embargo merece ser considerado desde una óptica que, más allá de la incuestionable legitimidad de los fines que persigue, contemple también la perspectiva del profesional que se sube al escenario. Conviene recordar que en este tipo de eventos el artista renuncia voluntariamente a sus honorarios –de los cuales el precio de la entrada puede o no formar parte– a favor de la entidad en cuestión. El promotor del espectáculo o el gestor de la sala hará lo propio, si lo estima, con la taquilla. El reconocimiento del papel que el músico profesional juega pues en la generación de riqueza es fundamental. No en vano la puesta en valor de su actividad solo será posible si público, programadores y promotores son valedores de la misma, algo difícil si hay más conciertos benéficos, o gratuitos, que espectáculos que no lo son.

Deseable es pues recuperar el hábito de ir a los conciertos a escuchar. De dejarse sorprender por la partitura. Recuperar el respeto por la gran música que ha perdurado, y lo seguirá haciendo, de generación en generación. Hacer llegar este legado a nuestros jóvenes para que aprendan a disfrutarlo, que es sin duda el mejor modo de valorarlo. Sirva como anhelo personal para este nuevo año, junto a mis mejores deseos para el atento lector.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 31 de Diciembre de 2017]

 

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