Adalides

La noche del pasado miércoles finalizaba el día, como de costumbre, escuchando el análisis de la jornada en los medios de comunicación. Conocía entonces algo más en profundidad los detalles de la muerte de Víctor Laínez, presuntamente a manos del joven extremista Rodrigo Lanza, aparentemente por llevar unos tirantes con los colores de la bandera española. Un capítulo más de una sórdida historia que comenzó años atrás y de la cual Laínez, sin saberlo, iba a ser el último protagonista hasta la fecha. Inmediatamente después de la tertulia –aun a riesgo de trasnochar más de la cuenta, como así sucedió– busqué el contrapunto en el documental Ciutat morta que narra, con Lanza en el papel de damnificado protagonista, la sucesión de acontecimientos desencadenados a partir del desalojo en febrero de 2006 por parte de la guardia urbana de Barcelona del antiguo Palau Alòs, ocupado por un grupo de jóvenes que celebraban una fiesta. Si en el análisis de los tertulianos Rodrigo Lanza se descubría a los ojos del espectador como un tipo vil –nieto de un almirante de Pinochet– capaz de descerrajar golpes y patadas a alguien por su forma de vestir hasta provocarle la muerte, el sombrío documental transmite la imagen contraria: la de uno joven detenido, torturado, acusado y encarcelado injustamente por dejar tetrapléjico a uno de los guardias urbanos que participaron en aquel desalojo. El filme es prolijo en detalles, y ata hábilmente cabos desde antes de la fecha de autos hasta la salida de la cárcel de Rodrigo Lanza. Se basa para ello en la tesis de la conspiración judicial, policial y política contra el colectivo antisistema exclusivamente por la lamentable actuación de dos policías que, como se demostró en un caso posterior, acostumbraban torturar a sus detenidos. La figura de Patricia Heras, otra de las antisistema detenidas aquella noche, que se suicidó en una de sus salidas de prisión, sobrevuela con su poesía esta cinta laureada en varios festivales.

Hasta ahí las imágenes y las palabras. Los hechos han sido relatados por unos y otros con mayor o menor implicación, pero en muchos de los casos –es éste el destino último de mi reflexión– de una forma interesada y lo que es peor, rentable. Temas tan intrincados social, política y jurídicamente como los referidos, en los que se entremezclan en una tormenta perfecta de desdichadas coincidencias extremismos de derecha e izquierda, corrupción policial, homicidio y suicidio deberían ser tratados con una pulcritud exquisita por parte de analistas, periodistas, reporteros y políticos. Y si no es así, no hacerlo. Sorprende el arrojo con el que muchos han hecho suyo el caso –y lo seguirán haciendo– para erigirse en adalides de tal o cual causa sobre la cruda realidad de vidas y hechos ajenos. Todas las muertes son desgraciadas, sin apellidos. Toda la violencia reprobable, sin paliativos. Y aunque las conexiones de estos lamentables acontecimientos puedan describirnos un panorama más o menos desolador, la reflexión y la prudencia deberían ser el sonoro contrapunto a las estridencias a las que nos vemos sometidos diariamente.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 17 de Diciembre de 2017]

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