El gran ruedo español

Tras el período estival me incorporo de nuevo a mi disciplina dominical, y lo hago compartiendo con los lectores otro arranque, este personal, de temporada: la del Teatro Real. Asistí esta semana a una Carmen que, en producción de la Ópera Nacional de París, repone sobre las tablas la para unos valiente y para otros irreverente –murmuraba el ágora de corrillos en el entreacto– escenografía de Calixto Bieito. Sea por la sórdida modernidad que rezuma la producción, o por la exquisita musicalización que del texto de Merimée hizo Bizet, el caso es que sale uno con el alma encendida y la mente inquieta. Es ésta una tragedia –aunque la denominación original de Ópera comique pueda indicar otra cosa– que nos habla de amor, pero también de lealtad. De libertad, pero también del abismo al que su irresponsable ejercicio nos arroja. Y de España, lo que quiera ello que fuera, tanto entonces como ahora. ¿Les suena?

Siempre que acudo a un espectáculo de entidad procuro hacerlo con la imprescindible predisposición a dejarme empapar de la propuesta, sin prejuicios. A ser posible, sin haber leído o escuchado previamente crítica alguna sobre el evento. Ejercicio de tolerancia con el que, no solo frente al arte, anhelo ver con mis propios ojos, escuchar con mis propios oídos, lo que otros quieren contarme para formar mi propio criterio. En el caso de los clásicos este estimulante proceso sensorial me permite revisitarlos desde infinitas perspectivas, diferentes cada vez. Bizet no es una excepción. Intenta uno impregnarse, sin ser aficionado a la fiesta, del sensual diálogo entre matador y astado. Se deja seducir por los procaces cantos de sirena de la protagonista, aún sabiendo el trágico desenlace al que irremisiblemente conducen. Se admira del ardor guerrero de los oficiales, extinguido sin piedad por las impúdicas –casi lúbricas en esta producción– propuestas amatorias de las cigarreras. Comprende en suma que Bizet nos devuelve, al igual que hizo con el público de París en su estreno –estrepitoso fracaso, por cierto–, nuestra propia imagen en el espejo.

Esta ópera aúna tantos elementos de actualidad, acrecentados por la propia escenografía de Bieito, que resulta sorprendente su programación precisamente en estas fechas. Una gran bandera de España preside todo el primer acto, en el centro de lo que, en el último, será el coso en el que un Don José consumido por los celos dará muerte a Carmen. El enorme cartel del toro negro, epítome de una de las Españas posibles, es derribado aparatosamente en escena en el tercer acto para ser literalmente descuartizado después, arrastrando en su caída la hombría soldadesca presente hasta ese momento en la acción. Símbolos y arquetipos hacen su particular paseíllo sobre el albero al abrigo de la exquisita música de Bizet. El Gran teatro del mundo calderoniano se ve transformado en estos días en un inmenso ruedo en el que acontece, a veces sainete, otras drama o comedia –ojalá nunca tragedia– la acción. Como dice Quevedo:

No olvides que es comedia nuestra vida
y teatro de farsa el mundo todo
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 22 de Octubre de 2017]

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