JASP

Fin de curso. La mesa repleta de libros, cuadernos, apuntes. El acompasado tic nervioso del pie contra el suelo. Un bolígrafo mordisqueado sirve de estribo con el que trazar mentalmente el perfil de fórmulas, cifras y fechas. La mirada fija en algún punto del infinito que lucha por ceñirse al temario, mientras evita penosamente caer en las cálidas redes del incipiente verano que se cuela por las ventanas de la biblioteca. La estampa se repite cada año y alcanza su clímax en estas fechas en las que, quien más quien menos, se juega un acceso a la universidad, un paso de grado, o unas vacaciones siquiera libres de obligaciones académicas. Y aunque todos hemos pasado por ese cuello de botella siente uno que la tiranía de la continua evaluación crece cada curso y amenaza con pasarnos factura.

Mientras espero a ser atendido en la farmacia, hasta tres personas –sufridos padres de otros tantos estudiantes, supongo–, se interesan por los suplementos vitamínicos. “Es por lo de los exámenes”, afirman con resignación. “Éste lleva zinc y magnesio”, responde el boticario mientras les extiende un frasco lleno de cápsulas. “Los mismos elementos que estarán estudiando en química”, pienso yo. Mientras se termina de inventar la pastilla de la ciencia infusa la industria farmacéutica se encargar de dopar convenientemente a nuestros hijos en lo que no debería ser más que su natural tránsito por el sistema educativo.

Esta semana conocíamos el Gaokao, la leonina prueba de acceso a la universidad en China. Cada año, durante un par de jornadas del mes de junio, el país se prepara para que casi diez millones de estudiantes puedan enfrentarse a una de las dos únicas oportunidades que tendrán para acceder a los estudios superiores. La policía patrulla los alrededores de los recintos donde tienen lugar los exámenes para evitar altercados. Los ejercicios son custodiados celosamente bajo videovigilancia para evitar filtraciones: copiar en estas pruebas está penado por ley. En los últimos años alguno parece que no aguantó la presión y optó por quitarse de en medio.

Sin alcanzar tales extremos –propios de un país de más de mil millones de habitantes, en el que la feroz competencia condiciona irremediablemente la propia subsistencia– en estos lares a muchos les preocupa la proliferación masiva de exámenes, refuerzos y reválidas. Tales pruebas son necesarias para cuantificar el grado de aprendizaje de nuestros chicos, y tratar así de refrendar al menos su capacidad para afrontar una vida personal y profesional plena. Lo son también para salvaguardar los principios de igualdad, mérito y capacidad sobre los que se asienta nuestro sistema educativo, en su esfuerzo por fomentar una sana competencia que conduzca al progreso social. Pero el debate de la conveniencia de los interminables deberes para casa, de las continuas clases de refuerzo, y de la “prueba preparatoria de la prueba” permanece abierto.

Me viene a la cabeza aquella campaña de una conocida marca de automóviles que puso de moda el acrónimo JASPJoven Aunque Sobradamente Preparado–. ¿Preparado para una vida que no tiene tiempo de vivir?

[Publicado en el Diario de Ávila el 11 de Junio de 2017]

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