El 9 de Octubre de 1936, poco después de la sublevación militar que desembocaría en uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente, Antonio José Martínez Palacios, conocido sencillamente como Antonio José, era fusilado en la pequeña localidad de Estépar, muy cerca de su Burgos natal. Tenía 33 años. Finalizaba prematuramente de este modo una de las más prometedoras carreras musicales de la España de principios del siglo XX. La de un talentoso joven –otro más– ya entonces respetado dentro y fuera de nuestro país por una capacidad creativa que quiso poner prioritariamente al servicio de la recuperación de la música tradicional castellana.

Algunos años después de que Béla Bartók y Zoltán Kodály recorrieran los pueblos de Hungría y Rumanía recopilando uno de los más relevantes corpus de música tradicional del este de Europa, Antonio José se hacía cargo del Orfeón Burgalés e iniciaba una labor similar, junto al folclorista Justo del Río, en su tierra. El amor por ella, y su contacto en Madrid con algunos de los grandes artistas del momento –el eminente guitarrista Regino Sáinz de la Maza o el propio Federico García Lorca entre ellos–, habían tamizado ya en en él una particular sensibilidad que pronto fructificaría en una música profunda y sincera.

Si Lorca plasmó magistralmente en Yerma, Bodas de sangre o La casa de Bernalda Alba la atávica esencia de la España que le tocó vivir, y Manuel de Falla musicalizó con igual maestría una tradición ancestral que se remonta hasta casi la antigüedad celtíbera, Antonio José, haciendo gala de una permeabilidad que le sitúa en este sentido al nivel de estos colosos, eleva la tradición musical castellana a la categoría de mito. Es su música telúrica, aferrada a la tierra, la labranza y la molienda. Cantar austero, recio, que hiere aquí el alma como el arado la tierra, y baila allá en corro los días de fiesta.

El importante movimiento de recuperación de nuestras señas identitarias que tuvo lugar durante los primeros años del siglo XX, tanto en el campo de la educación como en el de la cultura, y que fue truncado por una injusta –como todas– Guerra Civil, sigue resultando admirable aún hoy a los ojos del español del siglo XXI.

Todo lo cría la tierra.

Todo se lo come el sol.

Todo lo puede el dinero.

Todo lo vence el amor.

Así reza el texto de la última de las Cuatro canciones populares burgalesas de Antonio José. Un tratado completo de filosofía en cuatro axiomas intemporales, que apelan con la misma fuerza al alma del oyente con que el Himno a Castilla del compositor burgalés lo hace a su espíritu.

Si ha madrugado hoy y lee temprano estas líneas quizás esté a tiempo aún de acudir al concierto que el Coro Ars Nova de Salamanca ofrece a partir de la una de la tarde en el Auditorio Municipal de San Francisco. Una de las escasas oportunidades de las que dispondrá para escuchar la práctica totalidad de la producción para coro de Antonio José, tan hermosa como técnicamente compleja. Podrá entonces con toda probabilidad reconocerse usted mismo en esta música, parida por uno de los nuestros pero que cría, como todo, la tierra.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 28 de Mayo de 2017]

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