Acompasados

En contadas ocasiones ofrecen los medios de comunicación generalistas noticias relacionadas con la formación musical. Y cuando lo hacen suele desprender la crónica cierto tufo a excéntrico pasatiempo para convertir la aclamación vanidosa sobre el escenario en una forma de vida. Conviene recordar sin embargo que la formación musical profesional, al igual que otras disciplinas como la danza o las artes plásticas, se asemeja bastante poco a los talent show a los que nos tienen acostumbrados últimamente estos mismos medios. De hecho la competitividad en el arte, más allá de la imprescindible búsqueda de la excelencia –dada la valiosa materia prima con la que se trabaja–, tiene bien poco que ver con la competición permanente en la que pretenden instalar al gremio. Esto no es Eurovisión ni Tú sí que vales. La interpretación musical profesional constituye al contrario una vocación tan silenciosa y abnegada como la del artesano, que dedica toda su vida a depurar la técnica propia para disfrute del prójimo.

Para que la formación musical –no solo la del intérprete, también la del público– pueda despojarse de este halo entre el misticismo vacuo y el exotismo cultureta se hace necesario normalizar su conocimiento de una forma responsable y coherente. La oferta musical, tanto formativa como interpretativa, se ha multiplicado exponencialmente durante los últimos veinte o treinta años en nuestro país. Escuelas y academias de música aparecen por doquier. Existen actualmente veintidós conservatorios superiores en España –cuatro solo en Andalucía–, mientras en Francia esta denominación está restringida tan solo a dos centros en todo el país. En varios de estos conservatorios superiores españoles se ultiman precisamente estos días procesos de selección de profesorado que amenazan con apoltronar a más de uno en cátedras obtenidas exclusivamente a golpe de certificado, título y doctorado, sin prueba práctica alguna que acredite la solvencia artística ni la irreemplazable capacidad didáctica del aspirante.

La cantidad no siempre constituye garantía de éxito, y a veces menos es más. Es necesario para ello sin embargo diseñar planes coordinados entre las diferentes administraciones y entidades con responsabilidades en estas áreas que establezcan los objetivos y las competencias de cada una de ellas. Hay que generar sinergias y definir el papel respectivo que les corresponde ejercer a conservatorios, escuelas de música –en función de su idiosincrasia, su localización geográfica y su contexto socio-cultural –, asociaciones, sociedades filarmónicas, entidades programadoras y medios de comunicación. Evitar duplicidades permitiría un mejor aprovechamiento de los recursos, tanto públicos como privados, una correlación más natural y acompasada entre profesionales, aficionados y público, y la consolidación a medio y largo plazo de una cultura musical alejada de vaivenes partidistas, titulares sensacionalistas y caprichosas ocurrencias a menudo tan inoportunas como extemporáneas.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 14 de Mayo de 2017]

 

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