Cuando en los medios de comunicación aparecen regularmente los índices de popularidad de los líderes políticos de nuestro país no deja uno de sorprenderse. Lo habitual en este tipo de sondeos, que el Centro de Investigaciones Sociológicas publica periódicamente en forma de barómetro de opinión, es que los políticos que encabezan los principales partidos obtengan calificaciones muy bajas, casi siempre por debajo del aprobado. Tal acumulación de cates y su no recuperación, por lo visto, en convocatorias sucesivas –anda uno en el mundo de la educación– da que pensar. ¿Es posible acaso que entre los miles de militantes de los partidos no haya ninguno que pueda ganarse el respeto no ya del adversario político, sino de sus propios simpatizantes, incluso votantes, que también opinan en estas encuestas? Aunque para ello es necesario, ciertamente, que los mejor preparados puedan acceder a los puestos de responsabilidad, no es menos cierto que existe un sintomático abismo entre lo que la mayoría de los responsables políticos hacen –me niego a arrojar la venerable política al pozo de las intrigas y los intereses cruzados– y lo que perciben los ciudadanos como resultado de sus acciones.

Explicar lo que se hace, por qué se hace, y también lo que no se hace y sus motivos –lo que viene siendo dar la cara– suele ser uno de los principales puntos débiles de nuestros dirigentes. Escuchar, analizar y cuestionar en nuestra intimidad personal sus explicaciones para, aún sin compartirlas, alcanzar a entenderlas para respetarlas, es asimismo práctica poco extendida entre la ciudadanía. El parlamentarismo, ejercicio responsable de la democracia, debe por tanto emanar, como lo hace la soberanía, del pueblo. Si ningún político alcanza el aprobado, cabe preguntarse si no somos nosotros, que les pusimos donde están, quienes suspendemos. ¿O quizás es que no se corresponde lo que nos vendieron en campaña con la acción política que, una vez llegados al poder, ejercen? De ahí la trascendental importancia de un voto que tendemos a veces a otorgar alegremente al que prometió atar los perros con longaniza, obviando que solo los populistas dicen poder hacerlo –yo no vi ninguno aún–.

En tiempo de congresos, que se anuncian de cambio y renovación, urge recomponer las relaciones entre lo que la auténtica política nunca debió dejar de ser y lo que la gente de la calle percibe que es. Aunque solo sea porque nuestro día a día depende de ella en gran medida –la culpa de las cosas que pasan, oiga, no siempre es del gobierno–. Urge recuperar la confianza en alcaldes, concejales, consejeros, ministros y presidentes. Y urge que éstos se la ganen día a día no tanto por sus acciones, con las que podremos estar más o menos de acuerdo, sino por su capacidad para seguir una línea política sólida y coherente que merezca la confianza del ciudadano, o al menos su respeto, sin estridencias, salidas de tono ni alharacas. No se trata de hacer nueva política, como si la vieja no sirviera. Lo que hace verdaderamente falta es hacer buena política.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 2 de Abril de 2017]

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