Lección vienesa

Al atardecer del 6 de diciembre de 1791 el coche de caballos con los restos mortales de Wolfgang Amadeus Mozart cruzaba las puertas del cementerio vienés de St. Marx. Cuenta la tradición que los escasos alumnos y amigos que acompañaban al genio salzburgués, tras el funeral oficiado en la catedral de San Esteban, no pudieron seguir el ritmo del carruaje hasta las afueras de la ciudad, y que cuando por fin llegaron al cementerio el cuerpo del compositor había recibido ya sepultura en una tumba comunitaria. Se perdía de este modo para siempre el rastro del más grande creador musical, quizás el mayor genio de la historia de la humanidad. Hoy día un sencillo memorial recuerda el tesoro que encierra, en algún lugar de sus sagradas entrañas, el pequeño camposanto. A la sombra de un viaducto, rodeado de concesionarios de automóviles y modernas oficinas, el tiempo parece haberse detenido aquí a la hora precisa en la que la tierra abrazó el cuerpo sin vida de quien la dedicó enteramente a la música. Un poco más allá los restos de Beethoven, Schubert y Brahms reposan, esta vez perfectamente identificados, en el Zentralfriedhof de la capital austriaca.

La visita a estos enclaves, como al Musikverein –la conocida sala de conciertos, famosa por su impecable acústica, donde Brahms estrenara sus sinfonías o Mahler dirigiera las suyas, y donde se celebra cada primero de enero el célebre concierto de Año Nuevo–, o a Heiligenstadt –el barrio de la ciudad en el que un Beethoven atormentado por la incipiente sordera rasgara furioso la dedicatoria a Napoleón de su Tercera Sinfonía–tiene para todo músico algo de rito iniciático. Como si de una peregrinación se tratara, uno no puede dejar de emocionarse al pasear por las mismas calles o cruzar los mismo umbrales que los grandes genios a los que dedica su vida.

Esta semana tuve ocasión de regresar de nuevo con un pequeño grupo de alumnos del conservatorio a estos santos lugares. El estudio concienzudo y riguroso de las partituras en el aula ha dejado paso en estos inolvidables días a su contextualización en una Viena que alimentó, con su amor por la vida y su secular aprecio por la cultura, la inspiración de estos colosos de la creación. A cada paso, numerosas placas adornadas con enseñas nacionales –pulcramente mantenidas, algo sorprendente dado su elevado número a lo largo y ancho de toda la ciudad– recuerdan al visitante que en cada una de esas casas nació, vivió, trabajó o falleció alguna de las memorables personalidades que escribieron la historia de Europa.

Incluso con sus carencias, Viena es buen ejemplo de un modo de proceder que sabe cultivar las semillas de su pasado para construir su futuro. Una ciudad y un país que han sabido reconocer el talento, fomentarlo, y dotarlo convenientemente. Son sus propias gentes quienes esgrimen con orgullo el admirable patrimonio que les hace grandes, despojándolo de todo lo superfluo para salvaguardar lo esencial como seña de identidad. Una lección que, como la música del genial Mozart, parece destinada a regalar exclusivamente los oídos de aquel que quiera, pueda y sepa escucharla.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 5 de Marzo de 2017]

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