Un largo Segundo

El primer disco que tuve fue un obsequio por mi participación en un pequeño concurso organizado por una ya desaparecida marca de pianos. Junto a la obertura de Coriolano de Beethoven, y alguna otra pieza que no alcanzo a recordar, contenía el disco aquel el Segundo Concierto para Piano y Orquesta de Sergei Rachmaninoff. Recuerdo la fascinación que sentí al escuchar por primera vez, mientras contemplaba el violáceo paisaje crepuscular que ilustraba la carátula del disco, aquella poderosa música. Comenzaba entonces a despertarse en mí, tras cuatro años de estudios musicales, una inclinación cada vez más profunda por tratar de acometer las maravillas que siseaban vinilos como aquel. No podía dejar de reproducirlo una y otra vez –La flauta mágica de Mozart y el Tristán wagneriano fueron otras de mis obsesiones posteriores– mientras trataba de recorrer ilusionado el camino que podría, quizás, conducirme hasta allí. Tenía entonces doce años.

Poco tiempo después, curioseando entre la fascinante colección de partituras de mi profesora de piano –repleta de ediciones antiguas y salpicada de autógrafos a ella dirigidos por parte de algunos de los más grandes pianistas del siglo XX–, me topé con la partitura. Esa misma noche la copia reposaba ya en el atril de mi piano. Comencé allí la ardua tarea de desentrañar, torpemente, el ingente caudal de notas que el enorme talento de su autor había concebido. Esta composición le sirvió a Rachmaninoff precisamente para superar una profunda depresión tras el injusto fracaso de su Segunda Sinfonía. De hecho su psiquiatra, dedicatario de la obra, podría considerarse en cierto modo coautor de la misma. Este proceso de descubrimiento interior es quizás el que confiere al Segundo su capacidad para cautivar a todo el que, asimismo, lo descubre a él.

Parecía que el trabajo para tratar de afrontar la obra sería largo. Ni mis manos, ni mi cabeza, parecían capaces de abarcarla. Demasiadas notas, demasiado rápidas. Demasiado difícil. Mi empeño surgía renovado cada cierto tiempo, el mismo que tardaba en constatar, una y otra vez, que la cima permanecía obstinadamente lejos. Pasaron los años.

Hace unos meses un buen compañero, gran músico, excelente profesor y mejor persona me propuso tocar el Segundo de Rachmaninoff con la joven orquesta con la que lleva tiempo trabajando. Ese día la partitura regresó, esta vez para quedarse, al mismo atril del que se había mantenido cerca casi treinta años. Tras meses de arduo trabajo –en los que, no lo negaré, he perdido algunos kilos– tal día como hoy hace una semana interpretaba el Segundo de Rachmaninoff junto a la Joven Orquesta Ciudad de Salamanca. Difícil explicar el cúmulo de emociones: las horas previas al concierto, sobre el escenario ante más de mil personas, y los días que le han seguido. Sí debo sin embargo transmitir a nuestros jóvenes estudiantes de música que el esfuerzo ha merecido la pena. Que los sueños, quien lo iba a decir, pueden cumplirse. Solo es cuestión de empeño, trabajo y tiempo. Y de un amor incondicional por lo que se hace. La recompensa bien vale toda una vida.

Aquí, el vídeo del concierto.

[Publicado en el Diario de Ávila el 19 de Febrero de 2017]

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