Violas

Es costumbre extendida entre los músicos contar chistes de violas. Se basan todos ellos en el habitual papel que este instrumento desempeña dentro de la familia orquestal de cuerda, no tan expuesto como el de los violines –situados habitualmente a la vanguardia melódica– ni tan contundente como el de los violoncelos, sustento de la base armónica. Y con permiso, claro está, de los contrabajos, también blanco frecuente de la chanza orquestal por su tamaño. Simpáticas anécdotas y sucedidos que, tamizados por el cordial sentido del humor de la plantilla orquestal, dan cuenta de las desventuras que supuestamente acompañan a estos sufridos instrumentistas en su desempeño. No se corten: una sencilla búsqueda en internet puede hacerles pasar un buen rato.

Tal costumbre nace sin embargo, como no puede ser de otro modo, de una profunda admiración por el papel del actor secundario. O de reparto, que dirían los cineastas. Todo el que ha tenido que ejercer alguna vez el liderazgo de un colectivo sabe bien que el éxito del conjunto –y para el que lo desee, o lo necesite, también el propio– solo es posible gracias al mérito de su equipo.

Hoy en día casi todo el mundo preside algo. Ser el jefe se ha convertido en un objetivo buscado, anhelado y socialmente reconocido. Sea el de una gran empresa, una entidad pública, una asociación recreativa o la comunidad de vecinos. Tiene uno la sensación de que hay más cargos que ostentar que personas para hacerlo. Sin embargo en el liderazgo radica solo una parte del éxito. Necesaria sin duda, pero no más que la lealtad –al carácter y estilo que imprime el director desde el podio– o la propia capacidad para aportar al conjunto. El auténtico líder sabe hacer remar a toda su gente en la misma dirección, sin imposiciones, con el sutil movimiento de su batuta. Sabe bien que son realmente ellos los que hacen llegar la nave, con sus manos, a buen puerto. Ya lo dice el Cantar del Mío Cid: “¡Qué buen vasallo, si tuviese buen señor!”.

Urge reivindicar pues el papel de las violas. Y no por la falsa cortesía de serlo, sino por el irremplazable placer de ejercerlo. El sutil sustento armónico, el fluido discurrir del acompañamiento, la riqueza de la textura tejida solo gracias a los secundarios es lo que da sentido a la música. De la misma forma, solo el admirable trabajo de los que sustentan al que está a hombros de gigantes hace a éste tal. Los grandes compositores reservaron algunas de sus mejores melodías, hermoso regalo, a las violas. La vida de los que la dedican a ser orgullosos vasallos de algún gran señor les regala también momentos irremplazables, solo a su alcance.

Vaya desde estas líneas todo mi cariño y admiración a mis buenos amigos violistas. Y mi más distinguida consideración para los que, desde la retaguardia, consiguen hacer sonar más afinados a los que, sin ellos, no darían posiblemente una nota en su sitio.

Por cierto, ¿sabe usted en qué se parecen los dedos de un violista a un relámpago?

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 5 de Febrero de 2017]

 

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2 Comments

  1. Laura Sandoval says:

    13/02/17 @ 23:21 

    Aquí una viola feliz por leer tan bonita reivindicación, y sobretodo, por haber tenido la oportunidad de colaborar con un músico tan increíble como lo es Óscar, no solo por su talento, que es evidente, sino por lo cercano, paciente y sonriente que ha estado con nosotros en cada ensayo.

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    • Oscar says:

      14/02/17 @ 00:14 

      Todo un placer compartir con vosotros una música tan magnífica como ese Segundo Concierto de Rachmaninoff 😉

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