A escena

El fin último de toda interpretación musical es el de ser compartida. Para ello fue concebida por el compositor, y a ello dedica el intérprete la mitad de su existencia. La puesta en escena del trabajo realizado con el instrumento o la voz forma parte de la formación musical desde los niveles más tempranos. Tan pronto como una pieza es aprehendida –con h– por el intérprete, sea ésta un diminuto estudio infantil o una monumental ópera, el siguiente paso es presentarla ante el público. De otro modo carecería de sentido.

Todo es diferente en el escenario. En primer lugar están los nervios lógicos de cualquier actuación ante el público, y que no necesariamente son directamente proporcionales al número de espectadores. Que se lo digan a los jóvenes que a diario se miden en todo el mundo para formar parte de la plantilla de una orquesta ante un reducido tribunal, o aún peor, frente al implacable oído de una grabadora. Este atávico miedo escénico, más acentuado en unas personas que en otras, se reduce drásticamente con la seguridad fruto del estudio, y con una comprensión profunda del sentido musical de la pieza.


Un error habitual en el estudio del repertorio es realizar previamente lo que los músicos llamamos la “lectura” de las notas, como paso previo a hacer música con ellas. Algo así como si un actor se aprendiese las sílabas de su papel para, solo entonces, construir frases con sentido completo: largo, tortuoso y a todas luces absurdo camino. Cuentan que el gran pianista ruso Wladimir Horowitz en alguna ocasión hubo de estudiar alguna pieza que nunca antes había tocado, exclusivamente sobre la partitura, en el avión que lo llevaba al concierto. Sin poner siquiera la mano en el piano antes de presentarla ante el público el resultado fue sin embargo impecable, la interpretación magnífica y el éxito –habitual por otra parte en cuantos recitales suyos pueblan Youtube y que no deben dejar de ver–, rotundo.

Superado el miedo al fallo, el siguiente estadio de formación para el intérprete ante el público es el del autoconocimiento. Leía recientemente que la actividad neuronal de un músico en plena actuación podría compararse con un festival de fuegos artificiales. El caudal de notas que subyacen en su psique tras centenares de reproducciones del texto musical, unidas a la emoción del momento, generan un cúmulo de sensaciones que ríase usted de las drogas más duras. Administrar adecuadamente ese torrente es otro de los aprendizajes que solo puede obtenerse en el escenario. De ahí que los grandes intérpretes no pierdan nunca ocasión de “rodar” infatigablemente su repertorio en cuantos escenarios tengan ocasión, como paso previo a su actuación en alguna importante sala de conciertos. Un octogenario Arthur Rubinstein, preguntado por un periodista acerca del precio que pagaba por dedicar su vida a su pasión, triunfando en todo el mundo, y disfrutando de un vida plena tanto en lo personal como en lo profesional, respondía lacónicamente: “los nervios previos a cada actuación”.

Finalmente está la inspiración del momento, la que no puede estudiarse, ni preverse. El talento del artista que gusta de transitar por la delgada línea que separa la expresividad más exquisita de la cursilería sin caer en ella. Es entonces cuando se produce la magia, el tiempo se para y el intérprete desaparece, dejando emerger la obra de arte hasta entonces oculta.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 27 de Noviembre de 2016]

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