La ruleta rusa

El pasado mes de junio la mayoría de los ciudadanos de Reino Unido decidían democráticamente poner fin a más de cuarenta años de pertenencia a la Unión Europea. El pueblo colombiano denegaba su apoyo a primeros de octubre, democráticamente también, al proceso de negociación entre su gobierno y la guerrilla de las FARC para cerrar un conflicto que lleva desangrando el país más de cincuenta años. Esta semana, ante el asombro de medio mundo y la incredulidad de los más reputados analistas, el pueblo norteamericano hacía a Donald Trump presidente de la más longeva democracia de la historia moderna. No es este –aunque pueda parecerlo– el apocalipsis predicho por los oráculos. Afortunadamente no tenemos referencias al respecto en documento precolombino alguno. Pero tal sucesión de acontecimientos bien puede servirnos para tratar al menos de eludir la humana costumbre de tropezar más de una vez con la misma piedra.

¿Qué nos puede llevar a tomar decisiones que, a todas luces, parecen ir en nuestra propia contra? ¿Qué puede motivar a alguien para legitimar una guerra, en lugar de un acuerdo de paz? ¿Qué puede mover a cientos de miles de ciudadanos a optar por el aislamiento internacional sobre la libre circulación de personas y mercancías? ¿Por qué millones de personas deciden libremente ser lideradas por un sexista y xenófobo confeso?

2016 puede pasar a la historia como el año en el que las certidumbres saltaron por los aires, en el que algunos aprendimos que la democracia no es el fin, sino el principio: el de un camino no exento de riesgos. La democracia que hoy tantos millones de personas disfrutamos ha costado sangre, sudor y lágrimas en el pasado. Pero, como todo organismo vivo, si no se nutre regularmente, si no se procuran las mejores condiciones para su existencia, corre el riesgo de deteriorarse hasta morir. A estas alturas es incuestionable que la democracia es el menos malo de los regímenes políticos que conocemos. Pero no podemos obviar que es también, desde otra óptica, la dictadura de las mayorías. Dotar de voz y voto a todos y cada uno de los ciudadanos debe por tanto venir aparejado necesariamente de una serie de valores que legitimen el proceso de elección, directa o indirecta, de representantes. Es en la manipulación de estos valores donde nace la corrosión del sistema democrático.

La devastadora crisis internacional que aún nos esforzamos en remontar nos ha colocado frente a nuestro más peligroso enemigo. Uno mucho más fuerte, por cercano, que la globalización o el terrorismo. El miedo a perder el trabajo, o a no recuperarlo nunca más. El miedo a no poder hacer frente a la hipoteca. El miedo a pasar necesidad, incluso hambre. El miedo es siempre un sentimiento legítimo. Indeseable, pero legítimo. No lo es sin embargo esgrimirlo como eje argumental de una campaña electoral o de un referéndum. Insuflar en los corazones de los votantes la ilusión en el futuro es no solo necesario sino deseable. Pero la mezquina transformación de la esperanza en espejismo convierte la política genuina en superchería, y la democracia en una ruleta rusa.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 13 de Noviembre de 2016]

 

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