Relecturas

Heinrich Neuhaus, maestro de maestros, pianista y pedagogo soviético fallecido en 1964, utiliza el siguiente símil en su celebrado libro El arte del piano para explicar la importancia de un buen método de trabajo. Dice Neuhaus que el estudio de una obra musical se asemeja a la elaboración de un guiso del cual nos dejan al cargo. Regularmente convendrá comprobar que el fuego que da calor a la olla está encendido y cumpliendo su ígneo cometido. Si por el contrario dejamos la llama desatendida y ésta se apaga, a nuestro regreso tendremos que volver a encenderla, y seguir esperando. Sólo la observancia permanente de la lumbre y el tiempo obrarán el milagro de la cocción, obtendremos nosotros nuestro sustento y no habremos perdido el día.

La constancia es quizás uno de los más preciados valores que todo músico profesional aprende en su carrera. Cualquiera de nuestros estudiantes sabe que es imposible afrontar una actuación ante el público sin haber llevado a cabo un concienzudo y extenso trabajo previo. No funciona aquí la estrategia de estudiar el día anterior para aprobar el examen. El hecho de que la música, junto al teatro, sean las únicas artes que se desarrollan en el tiempo –acontecen en vivo– les dota de un caudal diferencial de cualidades didácticas.

En otro lugar del mismo libro, del que recomiendo su lectura a todo estudiante de música –afortunadamente aún puede encontrarse esta pequeña joya en las librerías– , exclama su autor: “¡El rigor, la coordinación, la disciplina, la armonía, la autoridad y la maestría: he aquí la libertad!”. Declaración de principios que va a mi juicio mucho más allá de lo musical, y que vengo en utilizar como motto personal. Rigor, coordinación, disciplina, armonía, autoridad, maestría: puede resultar sorprendente que tales valores, asociados tradicionalmente a didácticas férreas de corte autoritario –propias de la tradición soviética–, sean tenidos por Neuhaus como conducentes a un fin tan aparentemente antitético como la libertad. En momentos como este sin embargo, en los que la autocomplacencia mal entendida desemboca en peligrosa maleabilidad, y la tolerancia populista en caos, es cuando las palabras del maestro recuperan todo su sentido.

Otro compositor ruso, Igor Stravinsky, asegura en su Poética musical que en la limitación de la obra de arte reside la libertad del artista. Afirma que si a un compositor se le permite todo, éste se perderá en su propia libertad y será incapaz de concretar su creación. Un autor menos sospechoso de rigores autoimpuestos como el poeta francés Charles Baudelaire –célebre más bien por los excesos de su vida bohemia– afirma también que “las retóricas y las prosodias no son tiranías inventadas arbitrariamente, sino una colección de reglas reclamadas por la organización misma del ser espiritual y nunca han impedido que la originalidad se produzca“.

La relectura a la luz de la actualidad de las reflexiones de algunos de estos y otros colosos del pasado puede sin duda iluminar el camino de muchos de los que hoy aspiran a serlo.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 30 de Octubre de 2016]

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