Veraneo

Llegadas estas fechas somos muchos los que tenemos por costumbre pasar algunos días cerca del mar en compañía de buenos amigos y lejos de una rutina que, si no se ve interrumpida con la periodicidad necesaria, puede arrastrarnos irremediablemente al tedio de la inoperancia. Porque es en estos momentos de placidez extrema cuando los sutiles mecanismos de la mente humana suelen dar a luz algunos de sus más valiosos proyectos, ambrosía madurada al sol de la tranquilidad estival.

Son numerosos los compositores, por ejemplo, que relatan en sus cartas como sus largas caminatas, casi siempre en los idílicos parajes en los que solían instalarse en cuanto tenían ocasión, constituían el mejor caldo de cultivo para su creatividad. También los pintores que encontraron en estos entornos de esparcimiento el modelo perfecto que plasmar en sus lienzos. En mi caso, muchos de los proyectos, personales y profesionales, que planifico durante el año suelen concebirse camino de alguna idílica cala bajo el sol del mediodía, y casi siempre en compañía. La distancia, física y anímica, que separa estos fructíferos momentos de aquellos otros en los que los árboles de los problemas no nos dejan ver el bosque de sus propias soluciones constituye una atalaya privilegiada desde la que contemplar, simultáneamente, el camino recorrido y la mejor continuación de la ruta.

La feliz práctica del veraneo, quizás por los rigores del invierneo en la meseta castellana, hizo mucho bien en nosotros cuando éramos algo más jóvenes. Vivíamos nuestra particular odisea familiar en coches sin aire acondicionado y bocadillo de tortilla. Toda una epopeya que recibía su recompensa en lo que allí nos esperaba. En la playa encontramos buenos amigos, crecimos –nuestras abuelas siempre nos encontraban más altos a la vuelta, lo cual solía ser rigurosamente cierto–. Nos hicimos mayores al sol, en todos los sentidos.

El reto sería a la vuelta tratar de mantener este estado de gracia, de optimismo y de cordialidad. Quizás no sea más que un ejercicio mental que podemos reproducir intencionadamente, con un pequeño esfuerzo, siquiera un ratito cada día, en nuestro entorno laboral y personal. Puede que sea este un camino más hacia ese anhelado estado del bienestar. El personal, y el colectivo. A mí así me lo parece. Así es que feliz veraneo a todos. Nos vemos en septiembre.

[Publicado en el Diario de Ávila el 31 de Julio de 2016]

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