Como parte quizás de la humana inclinación por encontrar la paja en el ojo ajeno antes que la viga en el propio, cuando escuchamos aquello de la regeneración de la política tendemos a considerarlo tarea de otros, obviando que la política no es otra cosa que el fiel reflejo de la sociedad. Por eso más que de regeneración convendría hablar, en mi opinión, de normalización, y no de los políticos, sino realmente de esa política de la que todos somos partícipes, por activa o por pasiva.

Este proceso de normalización comenzó afortunadamente hace algún tiempo: la creciente implicación de los ciudadanos en el debate público tras un largo período de desafección ha propiciado en estos últimos meses la creación de nuevos movimientos que han ampliado –o al menos eso han pretendido– el espectro de opinión. El resultado es que cualquiera debería ahora poder encontrar una corriente de pensamiento, una ideología, o al menos un modo de proceder por el que sentir afinidad, al que adherirse o al que otorgar su voto.

Pero este loable proceso de toma de partido debe venir acompañado de una capacidad dialéctica y discursiva a la que, sin embargo, estamos poco acostumbrados. La equidistancia, la perífrasis permanente, la pose, la cuidada medida en el discurso, la ambigüedad, lo políticamente correcto en suma –en el mejor de los casos– ha condenado al ostracismo a la franqueza, a la valentía de manifestar la opinión y de argumentar los postulados con claridad, concisión y respeto. El permanente tacticismo en el que se encuentran instalados amplios sectores de la vida pública es el que nos ha llevado dos veces a las urnas, y el que amenaza con hacerlo una tercera. Confundir la prudencia con la inoperancia es una insensatez. Y aunque delante de las cámaras sea lícito escenificar el sutil cortejo nupcial, lo que muchos esperamos de nuestros representantes electos, aunque sea a puerta cerrada, es coherencia, valentía y visión de estado.

Saber ceder lo justo en el momento justo es quizás la mayor virtud del buen estadista. Este país espera salir de su letargo estival y encontrarse con un mandato constitucional cumplido. Para ello se hace imprescindible que algunos comprendan que esa regeneración política que preconizan pasa ahora necesariamente por saber ceder, perdiendo quizás hoy algunos miles de votos, pero con el noble fin de mantener mañana la confianza de millones de ciudadanos en las instituciones.

[Publicado en el Diario de Ávila el 17 de Julio de 2016]

 

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