Complejos léxicos

La vigesimotercera edición del Diccionario de la Lengua Española, publicada por la Real Academia en Octubre de 2014, contiene en torno a 200.000 acepciones recogidas a lo largo de sus más de 2.400 páginas. Grandes números los de la lengua castellana que, sin embargo, no siempre parecen ser suficientes. La lengua es el ámbito comunicativo en el que se expresan los habitantes de un mismo contexto físico. Incluso de un mismo territorio afectivo, como justamente reclamarán los devotos de la versión original. De ahí que en todas las lenguas la variedad de vocablos haya crecido exponencialmente a lo largo de los siglos.

Los efectos de la moderna globalización sin embargo no han hecho siempre de la necesidad virtud a este respecto. Tendemos con creciente frecuencia a utilizar palabras ajenas a nuestro idioma para identificar conceptos que disfrutan de su sinónimo en castellano, perdiendo por el camino en la mayor parte de los casos su rica carga semántica asociada. El mail, por ejemplo, llegó hace ya algunos años a nuestra bandeja de entrada y en su inmediatez se llevó por delante el correo que, aunque no electrónico, constituye para mayor gloria del gremio de carteros un mundo en sí mismo.

La tecnología es precisamente el glosario que más ha padecido esta mutación. Quizás porque los términos recientemente amadrinados por ella no fueron paridos aquí. Pero también en parte por el endémico complejo de inferioridad con el que acostumbramos autoinfligirnos en este país. Ahí están el smartphonenuestro inseparable teléfono inteligente, el blog – del inglés web log, lo que viene siendo una bitácora –, o el marketing – la mercadotecnia que como tal ya practicaban nuestros tatarabuelos para dar salida a los productos que cultivaban en sus tierras –. Nada nuevo bajo el sol.

Precisamente fruto de esa mercadotecniapermítame el lector predicar con el ejemplo – nace el concepto de marca. Si de hacerse un hueco en el mercado internacional se trata, puede resultar imperativo transitar de la lengua de Cervantes a la de Shakespeare por la cuestión práctica de llegar con tu marca al mayor número posible de potenciales clientes. Así lo estimaron los promotores del Barcelona Mobile World Congress o la Madrid Fashion Week. Eso mientras los chinos no decidan cambiar, en números absolutos, las reglas del juego comercial.

Fuera de este contexto empresarial, sin embargo, sería deseable retomar la costumbre de zambullirnos en las ricas aguas del castellano para expresarnos con corrección. En el proceso de búsqueda del término adecuado radica además gran parte de la riqueza comunicativa. La ingente oferta léxica de nuestro idioma así lo permite. Sólo hay que leer, escuchar, y aprender de tantos autores que construyeron la modernidad con sus palabras mucho antes del advenimiento tecnológico. Releer el Quijote, por ejemplo, puede ser una buena forma de hacerlo. Otra sería apagar la televisión, donde los ejemplos del correcto, y sobre todo variado, uso de la lengua castellana suelen brillar por su ausencia. Y ya de paso, durante las procelosas semanas de campaña electoral que se avecinan, no estaría de más demandar a los candidatos rica oratoria y no vacua monserga.

[Publicado en el Diario de Ávila el 7 de Mayo de 2016]

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