Electorado y cambio

Henos aquí casi tres meses después con un gobierno en funciones tras varios intentos fallidos de investidura. El inédito período constitucional en el que hoy nos encontramos puede servirnos precisamente para analizar los procedimientos que nos han llevado hasta él con la esperanza de que, aprendiendo del pasado, podamos encontrar el norte en estos mares inciertos. Porque parece claro que con tanta línea roja, tanto desencuentro más o menos forzado entre los líderes de los diferentes partidos, y tan encendidos llamamientos al respeto al electorado, la nave no tiene visos de enderezarse. Quizás sea este un buen momento para mirar atrás ante una cada día más probable repetición de elecciones, o simplemente como reflexión ante próximas convocatorias, con el fin de encontrar algunas claves que nos permitan no volver a tropezar dos veces con la misma piedra.

Lo que hoy vivimos no es más que el resultado de un largo proceso que se inició mucho antes del 20-D, cuando los partidos elaboraron los programas electorales con los que concurrir a los comicios. En ellos se recogen, al menos en teoría, sus respectivas hojas de ruta, unos planes de futuro que no por ilusionantes, ambiciosos y generosos, deben dejar de ser también factibles, creíbles y razonables. Aquí se produce la primera falla del sistema, cuando algunos estiman incluir en ellos una serie de propuestas que en el actual contexto europeo, frente al vigente encaje constitucional, y sobre todo ante la propia realidad económica, social y política de nuestro entorno resultan inviables. El segundo error lo cometemos a continuación los propios electores – sería de necios no reconocer que lo que encontramos en el parlamento no es más que lo que nosotros hemos decidido, y por lo tanto, el reflejo de lo que somos –, al no analizar con el debido rigor y cautela estos programas y votar a veces, como suele decirse, en caliente. El voto útil o el de castigo pueden no ser más que el sueño de una noche electoral de verano después de la cual lo votado, votado.

Y de aquellos polvos, estos lodos. Una vez consumado el hecho electoral se despliegan los argumentarios pertinentes en el imprescindible proceso de negociación, y comienzan los desencuentros. De una parte están los que, enarbolando su utópico proyecto, se amparan en el supuesto respeto a su electorado para defenderlo a capa y espada, aunque éste suponga la ruptura del Estado tal y como hoy lo conocemos. De otra los que, sin los apoyos suficientes, optan por llevar la derecha hacia la izquierda y viceversa, blandiendo el argumento contrario al de aquéllos y obviando a su electorado respectivo, que ya no sabe si su voto fue en uno u otro sentido. Finalmente, los que obtuvieron el apoyo mayoritario en las urnas pero que, teniendo en sus manos la llave para formar gobierno, no han conseguido recomponer a los ojos de sus millones de votantes su integridad tras los excesos cometidos durante los últimos años.

Los electores somos siempre esgrimidos como argumento. En nuestras manos está, cuando toque, legitimar o no estas posturas. Nunca la política había despertado tanto interés como de un tiempo a esta parte: quizás sea éste el auténtico cambio, tras un excesivamente largo período de desinterés por la auténtica política que, como la caridad bien entendida, empieza por uno mismo.

 

[Publicado en el Diario de Ávila el 13 de Marzo de 2016.]

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