Mayorías

Hoy sabremos por fin – siempre y cuando no se alineen los astros y la moneda vuelva otra vez por caprichos de la estadística a caer de canto – si los catalanes se merecen un gobierno estable o si por el contrario tendrán que poner fin al sainete en el que se han visto envueltos acudiendo de nuevo a votar. Incluso aunque ello pudiese implicar que se habrían equivocado en primera ronda al tener que cumplir de nuevo con un deber supuestamente mal ejercido o incorrectamente ejecutado. Al final va a ser que algunos no saben votar. Ya se sabe que es importante estar políticamente informado. Como cuando le comenté a un amigo que necesitaba una mesa de centro y me recomendó adquirir mejor una de centro derecha.

Ironías aparte, en clave nacional el resto hemos puesto ya las barbas a remojar por si acaso. Por si, como ha pasado allí, nadie tiene los arrestos necesarios cuando de elegir el camino a tomar se trata. El mandato que recibe el candidato electo es el de ejercer una responsabilidad para con sus votantes, y sus no votantes, cada uno en el puesto que le toca. No debería ser el ciudadano quien tuviese que solventar la falta de acuerdo repitiendo, duplicando o triplicando ad infinitum la votación. Pasar del sufragio universal al plebiscito permanente desvirtúa el valor del voto, y es además, dicho sea de paso, muy caro. Cada palo que aguante su vela. Ahora bien, para que los acuerdos – sean estos genéricos o puntuales – lleguen, es necesario tener voluntad de alcanzarlos, y dos regañan con que uno solo de ellos así lo quiera. Es necesario tener la altura de miras suficiente para comprender que uno está ahí en representación de un colectivo y que no es su persona, sino su cargo, lo honorable.

El reto de las mayorías simples – lo único que ha conseguido hacer buenas a las quizás injustamente denostadas mayorías absolutas – obliga tanto a electores como a elegidos a disponer de una madurez política con la que no siempre se cuenta. Dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea porque puede cumplirse. Algunos se han encontrado con la llave de la gobernabilidad sin tener muy claro qué hacer con ella o en qué cerradura encajarla. Mientras tanto, la bolsa tomaba las uvas con las mayores pérdidas en cuatro años. Si el pueblo nunca se equivoca – principio fundamental, para bien o para mal, de la democracia que nos hemos dado – entonces es que alguien no está haciendo bien su trabajo.

Nadie dijo que ponerse de acuerdo fuera sencillo. A más de uno se le ha atragantado el turrón estos días tratando de consensuar el menú de la cena de nochebuena, de seleccionar el disco de villancicos que poner en el viaje al pueblo de su cuñado, o de dirimir el regalo más adecuado para los nietos. Si ya es difícil ponerse de acuerdo en estas pequeñeces, cómo lo será definir el horizonte del país en los próximos cuatro años. De ahí el sistema de representación: cuantos menos a la mesa, más fácil elegir el menú. Sobre todo porque en lo importante, que es dar de comer a todos, hay unanimidad. O al menos debería haberla.

[Publicado en el Diario de Ávila el 3 de Enero de 2016.]

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