Niños a la parrilla

No soy un consumidor habitual de televisión, lo confieso. Suelo optar por elegir entre la amplia oferta de internet, donde la carta de vídeos, audios, blogs, podcasts, y bitácoras de todo tipo le permiten a uno paladear sin dilación contenidos de su interés en cualquier lugar y a cualquier hora.

Sin embargo, deambulando por el dial, me encuentro a veces con productos televisivos que no dejan de sorprenderme. Hace unos días, me topé en el principal canal público, a eso de las doce menos veinte de la noche, con un grupo de niños montando claras de huevo. Su forma de expresarse denotaba cierta llamativa incoherencia con la edad que aparentaban. Me vi así en la obligación de volver a mirar la hora: sí, las doce menos veinte. Allí estaban aquellos niños, campando por la parrilla televisiva a horas intempestivas, disfrazados de cocineros y corriendo entre los pucheros, mientras se reprendían unos a otros por algún motivo que no alcancé a comprender del todo.

Independientemente de la opinión que a cada uno le merezcan este tipo de realities, que de realidad tienen afortunadamente bien poco por cierto, en los que la competencia es el argumento central –solo puede quedar uno– , y de los que los amantes de la buena cocina creo que aprendemos apenas nada, la utilización de niños es más que cuestionable. Aunque a simple vista pueda parecerlo, este contenido no está destinado a niños. A las doce menos veinte de la noche ya llevan – o deberían llevar – un buen rato en la cama. ¿Por qué entonces contar con niños de corta edad para protagonizar este tipo de programas? Quizás porque los papás creen encontrar en este exclusivo (de excluir) grupo de muchachos el ideal que querrían para sus propios hijos. Apelar a los más atávicos instintos maternales siempre da resultado y los programadores lo saben bien.

El de los cocineros precoces no es el único caso. Podemos encontrar también en la pequeña pantalla programas donde niños de muy corta edad, alentados por sus emocionados progenitores presentes entre el conmovido público, imitan a sus cantantes favoritos ante un jurado que evalúa implacablemente su actuación. Distan mucho estos pobres niños, como aquellos aprendices de cocinero, de encajar en el perfil que podríamos considerar normal, término que la RAE define como “que se encuentra en su medio natural”. Si el mensaje consigue calar en sus padres, cada vez más el niño normal correrá el peligro de considerarse mediocre, cuando la normalidad bien entendida es quizás uno de los mayores dones de los que un niño puede gozar. El talento, por otra parte, no es mas que trabajo, y la formación un proceso que requiere tiempo y paciencia en ámbitos muy diferentes al de un plató de televisión. Niños que se comportan como adultos y adultos que se comportan como niños: esta parece ser la receta del éxito mediático. Las consecuencias del modelo educativo que plantea el formato están aún por ver, sobre todo entre sus padres, a quienes están dirigidos estos contenidos y que son los que a la postre les deben guiar en su crecimiento personal. Veremos.

[Publicado en el Diario de Ávila el 6 de Diciembre de 2015.]

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