Para el que tenga tiempo y le apetezca leerlo, porque es extenso, contaré aquí mi periplo de hoy por los designios de Android.

Con el fin de probar una aplicación en este sistema operativo, tan abierto y accesible él, decidí tomar prestado un Samsung que había en un cajón de casa de mis padres. Tras arrancarlo, compruebo que está bloqueado porque parece que alguien introdujo la contraseña de acceso equivocada demasiadas veces. Búsqueda en Google y un par de llamadas de teléfono mediante me permiten conocer como restaurar el aparato a estado de fábrica. Unos quince minutos después tengo ya el terminal como nuevo. Ay! infeliz…

Me dispongo a buscar la aplicación en cuestión en la tienda de aplicaciones de Google. Conexión a wifi, contraseñas, autorización de la cuenta de Google, más contraseñas. Cuando parece que todo está a punto, se pone a actualizar la propia tienda, que parece ser está obsoleta. Una hora después, ahora parece que sí, el móvil está a punto. Ya.

Busco la aplicación en la tienda, pero no aparece. Tras devanarme los sesos deduzco que la aplicación no es válida para un aparato tan antiguo como este, es decir, para su versión del sistema operativo. Ni corto ni perezoso me pongo a buscar por internet el modo de actualizarlo. Craso error. Tras consultar varios vídeos por internet, todos ellos de una calidad que pense que hacía tiempo estaba erradicada de la web, veo que la infausta gestión debe hacerse a través de la tarjeta SD del terminal.

Abro la portezuela y saco la tarjeta, una micro SD en la que se supone tengo que introducir el nuevo sistema operativo. Afortunadamente recuerdo que dispongo de un lector de tarjetas que hace años que no uso. Lo conecto al ordenador y es entonces cuando me doy cuenta de que la tarjeta es demasiado pequeña para ese lector. Necesito un adaptador. Otra llamada telefónica a la tienda más cercana, donde me confirman que disponen del adaptador, previo pago de 6€ por una tarjeta nueva, ya que el adaptador no lo venden suelto.

Salgo de casa, me acerco a la tienda y adquiero la nueva tarjeta. Regreso a casa ufano. De momento el proceso va ya por las tres horas y media. Conecto el lector, introduzco la tarjeta. Mientras tanto el móvil decide desconectarse intermitentemente de la wifi. La cosa pinta mal. Entre los numerosos archivos de virus y basura diversa que me veo obligado a descargar, entreveo los archivos que se supone deben ir a la SD. Mientras los copio, trato de instalar en el móvil a través de la tienda de aplicaciones los diferentes programas que se suponen permiten habilitar el terminal para instalar esta anhelada versión del sistema operativo. Llevo cuatro horas de gestiones.

Tras muchas pruebas, errores por doquier, pantallazos más propios de equipos de hace 15 años, y un caos generalizado, decido desistir. Me rindo. No tengo la aplicación que buscaba, el móvil se ha descargado y ya no funciona, tengo 6€ menos que gasté en una tarjeta SD que no necesito para ninguna otra cosa, y lo que es peor, he perdido toda la tarde.

Quien opine que los iPhone son caros que me lo diga a la cara.

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