Saber entender

Esta semana se hacía público un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el que se señalaba, entre otras cosas, que existen en nuestro país diez millones de adultos con un bajo nivel de rendimiento en comprensión lectora o matemáticas. Sin restarle importancia al asunto de las matemáticas – no estaría de más que entre tantas asignaturas contenidas en los currículos de nuestros alumnos alguien encontrara un hueco para enseñarles matemática aplicada, a hacer la declaración de la renta o a descifrar el recibo de la luz, por ejemplo – lo de la comprensión lectora tiene miga. Una cosa es saber leer y otra bien distinta saber entender. Basta tomar un periódico cualquiera y hacer la prueba pidiendo a varias personas que lean una misma noticia y después expliquen qué es lo que han leído. Seguramente cada uno de ellos diga una cosa distinta. En el caso de noticias con impactantes imágenes, o particularmente en el de los contenidos audiovisuales y televisivos, el margen de disparidad en la comprensión del fondo del mensaje puede ser aún mayor. Los lectores/espectadores creerán obtener posiblemente más indicios de la propia imagen que del texto o la locución que le acompaña. Una imagen puede valer más que mil palabras, pero si descartamos la comprensión de éstas el comunicador inexperto en el mejor de los casos, y el avispado propagandista en el peor, nos la puede colar.

Recuerdo vagamente un programa de televisión de hace algunos años en el que los concursantes debían, entre otras pruebas, encontrar las incorrecciones o incoherencias gramaticales o sintácticas contenidas en breves textos propuestos. Sí, no es broma. No recuerdo el título, pero sí los buenos ratos que pasé tratando de encontrar el modo de mejorar la redacción de aquellos epígrafes. Seguramente hoy un formato así no duraría un mes en la parrilla. Lástima, porque al menos en mi caso estoy seguro de que parte de lo aprendido entonces queda, con más o menos acierto, plasmado en estos breves dominicales, por ejemplo.

Lo de que tendemos a no comprender lo que leemos tampoco es nuevo. Lo llamativo es que siga siendo así – o quizás debido precisamente a ello – en el ecosistema de internet, de las redes sociales, y de la información inmediata y omnipresente en el que vivimos. Corremos quizás hoy más que nunca el riesgo de confundir cantidad con calidad, y de desentendernos de un mensaje que, si no nos esforzamos en comprender por nosotros mismos, otros pueden encargarse de desentrañarnos adecuadamente aderezado.

Cuando mi vieja profesora de piano, escuchando el resultado de mis horas de estudio durante la semana, detectaba algo poco convincente en mi discurso musical, algo que torpemente no había sabido hacer comprensible, exclamaba tajante “¿cómo? ¿qué has dicho?”. Enseñando a nuestros jóvenes a entender lo que otros dicen, con su música o sus palabras, les abriremos la ventana al mundo que les rodea, para que ellos mismos puedan interpretarlo libre pero correctamente.

Enseñar a leer es en definitiva mucho más que mostrar que la m con la a suena ma, o que el sujeto y el verbo deben concordar en género y número. Es enseñar a comprender qué quiere decir la persona que escribe. Es tratar de descubrir sus motivaciones y el por qué en la elección de sus palabras. Aunque quizás a algunos no lleguemos a entenderles nunca. Pero el esfuerzo habrá merecido la pena, eso seguro.

[Publicado en el Diario de Ávila el 27 de Septiembre de 2015.]

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