Tacet

Una de las experiencias a las que procuro someter a mis amigos y conocidos que visitan la ciudad es invitarles a situarse en el centro del Mercado Grande entrada la noche, preferiblemente en invierno, para escuchar el silencio. Un silencio que se corta con cuchillo, de puro denso. Ni el motor de un coche lejano, ni los pasos regulares de algún trasnochador, ni siquiera el sutil aleteo de ave nocturna alguna: tan solo el leve tic-tac del reloj bajo los soportales de la plaza. La experiencia – si no la han vivido aún se la recomiendo fervientemente, al tiempo que sugiero su inclusión en las guías turísticas, ya que acontece gratis casi todos los días del año- es sobrecogedora y ofrece otra visión del patrimonio inmaterial de la ciudad.

Estoy seguro de que el gran Ludwig Van Beethoven, con el talento creador del sumo arquitecto musical que maneja las fuerzas de la materia sonora a su antojo, disfrutaría mucho de esta experiencia, si no fuese porque a él precisamente le acompañara de forma permanente, contra su voluntad, por mor de la sordera que padeció en los últimos años de su vida. De hecho, si uno escucha con atención su música encuentra momentos en los que el silencio – que es anterior al sonido, como el vacío lo es a la materia- resuena en fortissimo, demostrando que las cosas tienen a menudo sentido gracias precisamente a sus contrarios.

El silencio es la atalaya desde la que contemplamos lo que nos rodea, para comprenderlo. Es el espacio que nos queda para reflexionar. El silencio es lo que da sentido a la palabra, al sonido. Palabra de músico. De ahí su necesidad ante la ruidosa realidad que nos rodea. Ante el ruido común, el de los escapes de las motos, los inoportunos politonos del móvil, o la incomprensible y persistente sintonía de bares y cafeterías. Y ante el ruido mediático, a menudo más inoportuno, incomprensible y persistente que el anterior. Imaginemos por un momento un mundo en el que no tuviésemos que soportar este ruido innecesario. En el que retomásemos la sana costumbre de ofrecer nuestra opinión antes de darla sin más. En el que escuchásemos al de enfrente antes de tan siquiera abrir la boca – mejor callar y arriesgarnos a parecer estúpidos que hablar y no dejar lugar a dudas, sentenciaba Groucho Marx-. Un mundo en el que el ruido de las bombas diese paso al silencio de los gestos. No son utopías: al menos el tiempo que cada uno de nosotros pasemos imaginando este mundo ideal no estaremos generando más ruido. Y quizás le terminemos tomando el gusto a esto de pensar, soñar, callar, escuchar.

Me gustaría predicar con el ejemplo y dejar aquí unas cuantas líneas en blanco, pero ante el riesgo de que el diligente corrector lo tome por errata abrevio hoy mi columna invitando al lector a que comparta conmigo siquiera brevemente el cálido y confortable espacio del silencio. Los músicos ponemos tacet en la partitura cuando debemos dejar de tocar. Sea.

[Publicado en el Diario de Ávila el 8 de Marzo de 2015.]

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