Sede electrónica

Curioso como es uno de nacimiento, me apasiona conocer y experimentar en mis propias carnes buena parte de la amplia oferta tecnológica que cada día nos sorprende con sus nuevas posibilidades. Me seducen las infinitas opciones que nos brinda ese mundillo casi tanto como lo hace una buena sinfonía, qué le vamos a hacer. Aunque si nadie nos enseña a utilizar estas modernas herramientas, nos empeñamos en hacer un mal uso de ellas, o peor aún, nos son impuestas sin asegurar las necesarias garantías de buen funcionamiento o facilidad de uso, la cosa pasa de lo útil a lo desesperante en menos que pone uno un tweet.

Esta semana, ni corto ni perezoso, probé a presentar por vía telemática cierta documentación para una convocatoria ministerial. Apasionante – me dije, iluso de mí – esto de prescindir del papel, el sello de caucho y la cola frente a la ventanilla. Pertrechado con mi portátil, pleno de carga ante el improbable supuesto de que la cosa se complicase, tomo el ratón mientras me asomo por la ventana del navegador a la página oficial de la referida entidad ministerial. Escudriño la pantalla en busca de mi objetivo: el sugerente enlace que, en tipos azules, reza Sede electrónica. Hago click. La cosa promete: aparece una advertencia de seguridad, en la que un inquietante icono de un señor con uniforme y gorra sobre fondo amarillo me advierte de que el certificado de seguridad del sitio al que intento acceder no es válido. Vaya, parece que alguien olvidó renovar los papeles. Me oferta la opción, eso sí, de tirar para adelante bajo mi responsabilidad. Por tres veces consecutivas tengo que ratificar mi decisión, como Pedro en el célebre pasaje bíblico. Que sea lo que dios quiera: asumiré los riesgos. Llamadme temerario.

Una nueva ventana se despliega, ahora ya sin guardia uniformado, pero con una amenazante exclamación que me dice que mi versión de software no es válida, y que me actualice. Pues nada, me actualizo. Mientras, las docenas de ventanas que debo abrir para completar mi epopeya digital entierran poco a poco la del vistoso Sede electrónica azul. La fresquísima adquisición del nuevo software, recién recolectada de la web del fabricante, me anima volver a la carga. Cruzo los dedos. Un par de pantallas más, y otros tantos avisos incomprensibles. Muy intuitivo todo. Yo digo que sí a todo porque parece que el final está cada vez más cerca.

Hasta que va la Sede electrónica y me pide mi certificado, electrónico también. De eso tengo, que lo mío me costó obtenerlo. Así es que lo instalo – en la Sede electrónica de azulada tipografía los certificados se instalan – y hago click en continuar. Al punto nada ocurre. Ni la ventana del señor uniformado – a quien ya había tomado hasta cariño – ni la de la exclamación. Nada. Esto va a ser silencio administrativo. Ajeno al desaliento, pruebo en la siguiente ventanilla, esto es, la del ordenador de al lado. Reproduzco todo el proceso allí: rótulo azul, señor de amarillo, exclamación, actualización. Sin éxito. Pruebo en un tercer equipo. Que si quieres arroz, Catalina. Mi ordenador pide la hora: el pobre se está quedando sin batería de tanto abrir ventanas e instalar certificados. En los estertores de su escasez de energía logro imprimir los papeles, por triplicado, que firmo y guardo con celo en una vieja carpeta de cartulina para hacer cola al día siguiente y que me pongan el sello de caucho, el tradicional, el de toda la vida. En fin, otra vez será…

[Publicado en el Diario de Ávila el 22 de Febrero de 2015.]

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