Hace unos días, en uno de esos programas de televisión en los que los reporteros se lanzan, cámara en ristre, a mostrarnos la excepcional normalidad de nuestro vecindario, la afamada cocinera Carme Ruscalleda ofrecía algunas de la claves que le han llevado a convertirse en la chef con más estrellas Michelín del mundo. Y quizás entre ellas la más importante. En un momento del reportaje la periodista le alaba que se le ilumina la cara al hablar de su trabajo. No sólo a ella: también algunos de los com-pinches de sus exquisiteces no esconden – y así lo confirman al ser consultados – el placer que para ellos supone trabajar allí.

Creo que hay pocas cosas más satisfactorias en el mundo que encontrar a gente que disfruta con su trabajo. Por el mero hecho de tenerlo, que no es poca cosa. Pero más allá de la pura necesidad de subsistencia puede existir un componente de placer – incluso amor – por la labor rutinaria, abnegada y callada de cada día. Lamentablemente, a veces no nos queda otra que arrostrar al dependiente, taquillero, funcionario o conductor que nos perdona la vida con malas pulgas al extendernos el género. Poco valor aportan a lo que hacen, y poco debe darles la vida a cambio, según parece.

Cierto es que no todos los trabajos propician las mismas satisfacciones. Reconozco que en mi caso el hecho de trabajar en torno a la música, la enseñanza, y los jóvenes es un privilegio que no voy a esforzarme en ocultar. Pero el simple hecho de aportar nuestro grano a este granero común del que todos hacemos nuestro pan debería hacernos sentir orgullosos y útiles. Ciudadanos felices, y no necesariamente acomodados, ricos, o famosos. Sólo de este modo se explica la amplia sonrisa y la proverbial hospitalidad con la que nuestros vecinos de algunos países africanos o asiáticos sin apenas recursos nos obsequian cuando tenemos ocasión de visitarles.

Que el lunes no sea necesariamente el día más funesto de la semana tendrá pues mucho que ver con la vocación de cada uno. En mi anterior artículo hablaba sobre lo que nuestros niños y jóvenes quieren ser. Quizás si tendiéramos puentes para que la mayor parte de ellos lo encontrara primero, y lo lograse después – y si desde los poderes públicos se despertaran vocaciones más útiles, creativas e interesantes que la de futbolista, cantante o modelo – podríamos aproximarnos a este objetivo. De otro modo se nos presenta un futuro, que ya vislumbramos, lleno de frustración. Para ello se hace imprescindible poner en el lugar que nunca debieron perder a los que muchos consideran saberes inútiles, como la filosofía o las artes, que aportan una aplicación humanista de los saberes prácticos abanderados por los tiburones de las finanzas y los detentores del poder. Suena idealista, pero con la que nos está cayendo, el idealismo es uno de los pocos bastiones a los que todavía podemos aferrarnos sin miedo a que se quiebre, y no creo yo que debamos resignarnos a que el trabajo sea ese lugar hostil que media entre vacaciones y puentes.

Una vieja profesora – y maestra, añadiré, por enseñarme muchos más saberes de los previstos – siempre dice que nos explicaron mal lo de la Biblia, aquello del pecado original, la expulsión del paraíso, y lo de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Que el trabajar para comer no tiene por qué ser necesariamente un castigo, y que está en nuestra mano hacer que no lo sea. Porque, ¿qué hay de malo en sudar trabajando?

[Publicado en el Diario de Ávila el 8 de Febrero de 2015.]

Todas las entradas de

Dejar un comentario