La crítica

Busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo. Así rezaba el eslogan de una hoy desaparecida marca de detergente que decía lavar más blanco, invitando a la reflexión previa a la acción de adquirir los mágicos polvos que mantienen siempre perfecta nuestra ropa. La crítica a lo que nos rodea, y al producto de nuestra propia actividad – o inactividad – ha pasado a contener sin embargo cierto matiz negativo que lo aleja de su auténtico significado. El tenor italiano Luciano Pavarotti decía que quien sabe hacer música la interpreta, quien sabe menos la enseña, quien sabe menos aún la organiza, y quien no sabe la critica. Sin embargo, precisamente en el campo de la música la crítica debe ocupar un lugar relevante. No me refiero a los críticos que, con mayor o menor fortuna, se dedican a valorar la interpretación de otros – a estos seguramente se refería el gran Luciano-, sino a la crítica que guía siempre la propia interpretación del auténtico músico, en busca del más alto ideal artístico oculto tras las notas de la partitura.

Ahora bien, como todo en la vida, a criticar también se aprende. Principalmente porque para criticar algo debe formarse antes el propio criterio – de quien la palabra crítica etimológicamente deriva -, que nos de al menos una ligera perspectiva de lo que estamos hablando, y que nos permita discernir lo verdadero de lo falso. Y esto en los tiempos que corren no es sencillo. Es aquí donde se echa de menos una enseñanza que tenga en la crítica uno de sus pilares fundamentales. Se nos educa en competencias – dichoso afán por competir este -, se establecen objetivos, se nos inculcan contenidos. Nos queda así poco tiempo para la reflexión, el análisis, la comparación, y la obtención de conclusiones propias. En el fragor del bombardeo permanente de informaciones, a menudo interesadas, nos cuesta pararnos a pensar en cosas tan sencillas como si estamos o no de acuerdo con algo, o si realmente nos gusta lo que hacemos, lo que vemos o lo que consumimos. Lo tomamos porque está ahí, a mano, porque todo el mundo lo hace. A menudo pregunto a mis alumnos qué es lo que más les gusta, qué quieren ser de mayores, qué desean estudiar, o qué cambiarían en lo que hacen, lo que ven, o lo que escuchan para mejorarlo. La respuesta habitual es que no saben. Efectivamente, solo desde una posición activa, selectiva y suficientemente exigente ante lo que nos rodea podremos saber. Esto también se enseña.

Conviene diferenciar lo que es el mantenimiento de un espíritu crítico de lo que entendemos por reclamar. Ambos conceptos, aunque relacionados, no son la misma cosa: uno siempre antecede – o debería hacerlo – al otro. Reclamar no es montarle un pollo a la señorita del servicio técnico de nuestra operadora de telefonía. Tampoco es dar un puñetazo airadamente en la mesa del agente de la compañía del gas. Reclamar es aportar nuestro granito de arena para mejorar. Es mantener un espíritu constructivo que aporte una perspectiva común para dejar a los que vengan detrás de nosotros más y mejores servicios. Y eso, es verdad, cuesta esfuerzo, papeles, visitas, llamadas y grandes dosis de paciencia.

Este año que comenzamos nos va a ofrecer a todos la oportunidad de poner en práctica este espíritu crítico. Pronto vamos a tener ocasión, de nuevo, de elegir qué queremos que nuestra ciudad, nuestra región y nuestro país sean de mayores. Qué nos gusta y qué no nos gusta. Qué mantendríamos, y qué cambiaríamos. Nos toca reflexionar, nos toca ser críticos. Este año nos toca votar.

[Publicado en el Diario de Ávila el 25 de Enero de 2015.]

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