Dice García Márquez que en los orígenes de Macondo, la atemporal aldea de Cien años de soledad, algunas cosas carecían aún de nombre y había que señalarlas con el dedo para mencionarlas. Páginas y tiempo después, a este lado casi todas las cosas tienen hoy un nombre que nos permite referirnos a ellas de forma inequívoca, favoreciendo el sutil mecanismo de la comunicación y facilitando nuestra relación con los demás.

Esta eficacia comunicativa puede disminuir sustancialmente no obstante si alguno de los interlocutores decide renominar por su cuenta y riesgo el concepto común a los usuarios de un mismo término. Convendrá entonces averiguar si ese cambio de nombre obedece a la necesidad, para estimarlo como hacen los académicos de la Real de la Lengua, o al interés, para denostarlo sin más. Porque el nombre de las cosas es como el de las calles: tiene un sentido, un porqué, y cualquier cambio imprudente puede ocasionar la alteración de su historia, la pérdida de su identidad e incluso de su propio significado. La etimología por su parte, cual sano alimento, nutre de contenido al lenguaje sin incrementar innecesariamente su peso, y un conocimiento siquiera somero de la genealogía de las palabras nos puede ofrecer muchas más pistas acerca del fondo del mensaje que los modernos emoticonos.

En la escuela nos enseñaron que existen dos géneros gramaticales: masculino y femenino. Pero también que nuestro rico idioma dispone de un tercero que engloba ambos en caso de necesidad: el neutro. Tal es su nombre porque no afecta al significado ni aporta matices interesados al mensaje, permitiéndonos construir así la oración del modo gramatical y semánticamente más conciso posible. De hecho, la mención expresa del femenino junto al neutro – que casi siempre es tal el utilizado, y no el masculino, como algunos nos quieren hacer creer – en una oración es redundante, cuando no excluyente per se. Se consigue así lo contrario de lo que se pretende. La magistral sencillez anhelada por escritores, músicos y artistas en general puede ponerse también al servicio del lenguaje. Pero a los que venden el verbo al peso, sin embargo, esto del neutro no les debe parecer rentable. Gustan hablar de ciudadanos y ciudadanas, amigos y amigas, compañeros y compañeras. Así, nosotros/as, sufridos/as lectores/as de sus desmanes dialécticos nos vemos obligados/as a pasar impotentes de los dos mil a los tres mil caracteres, de las tres a las cuatro columnas, y de los cuatro a los cinco minutos de audiencia. Rentable quizás para su discurso, seguro que para el orador, pero nunca para el mensaje. Y tampoco para las cuentas públicas, dicho sea de paso.

El uso del pleonasmo – sucesión de dos términos redundantes en una misma expresión, como sal para afuera – tiene todo su valor en la pluma del escritor con talento, pero la permanente perífrasis, que en nuestros días se ha convertido en el dudoso oficio de hablar mucho para no contar nada, cansa. Cansa, por ejemplo, tener que llamar a un negro hombre de color, como si el resto fuésemos incoloros. A este paso pretenderán que sea reprobable poner el título de esta columna en negrita. Ni tan siquiera podré llamarla gordita, porque está mal visto. Me queda la esperanza de que algunas cosas mantengan su nombre, de que al menos los músicos sigamos escribiendo nuestras canciones en blancas y negras, y no en absurdas notas de color. La nota ya la dan otros: es quizás a ellos a los que deberíamos señalar con el dedo para mencionarlos, como en Macondo.

[Publicado en el Diario de Ávila el 28 de Diciembre de 2014.]

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