Cromatismo indumentario

El ritual del músico, como el del torero, incluye la caracterización previa del artista para mostrarse adecuadamente ante el respetable. El traje de faena consta en este caso de traje negro, camisa negra y zapato negro con calcetín a juego. La libertad va por dentro y queda restringida a la elección del calzón y del repertorio. Semejante guisa es la que todos convenimos en considerar adecuada a la hora de subirse al escenario. Para algunos es un signo de respeto acorde al acontecimiento artístico que allí tiene lugar. Para otros, un medio de no distraer al oyente – escuchante, como gustan decir en algún programa de la radio pública – del protagonismo de la música. A otros simplemente les ahuyenta de acudir a conciertos, qué le vamos a hacer.

El hábito no hace al monje, dice el refrán. Y si ambos, el músico y el clérigo, comparten la bruna tonalidad de su atuendo, también pueden simultanear a veces su capacidad para transformar noble uniforme de trabajo en burdo disfraz. Sólo el auténtico artista trasciende la escena con su música, del mismo modo que solo el cura piadoso trasciende con la fe su, de otro modo, vacía oratoria.

Luego están los que van de blanco. Destacaremos aquí a maestros y médicos, que coinciden felizmente en el níveo color de su bata para el desempeño de sus notables ocupaciones. Este sector, que no hace mucho tiempo gozara de la más insigne consideración social, ha visto recientemente cuestionada su labor por otro característico grupo que podemos asociar también al sombrío tono de su indumentaria; puebla este encorbatado clan algunos despachos de los pisos altos destinados a otros igualmente altos cargos, algunas oficinas bancarias, u otros respetables – por más que se empeñen – espacios. A veces el umbrío traje le sirve de disfraz a su portador para ocultar, cromática paradoja, a un talentoso ladrón de guante blanco. Ese que es tan difícil de meter en la cárcel cuando el juez, con quien comparte tan solo el tono de sus ropajes, le declara culpable. Quizás es que no se ve a sí mismo con jubón de rayas y bola encadenada, que sería lo suyo. Siempre nos quedará al menos la castiza costumbre de mandarle a hacer puñetas. No se me malinterprete: blancas y de encaje, como las de su señoría.

Otros tienen la fortuna de compartir tiempo, labor y bota de vino con los que van de azul, los del mono. Los que cada mañana se levantan bien temprano para que en este país siga habiendo aún suficiente pan para tanto chorizo. Los que erigen las casas donde usted y yo nos cobijamos del frío invierno. Los que abren, un tanto ruidosamente eso sí, ese boquete en la calle para que nuestro grifo siga manando agua. Los obreros, que se echan el país a cuestas y sustentan sobre sus hombros lo que haga falta.

Dicen que el vestir es una forma de cultura, pero convendría quizás reconsiderar el autentico significado de esta afirmación, al menos mientras tendamos aún a desconfiar más del obrero del mono azul que del individuo de impecable traje. En todas partes cuecen habas, es cierto, y las generalizaciones son siempre tramposas, pero la actualidad nos fuerza a reflexionar sobre quien puede hacer más daño. Poco ha de importarnos lo que se llevará la próxima temporada si la honestidad se pasa de moda con tanta facilidad. El pret a porter social nos permite hoy elegir lo que mejor se ajuste a nuestros objetivos, capacidades e inquietudes: para gustos, colores. Ahora bien, lo que hagamos mañana con esta libertad es otra cosa bien diferente.

[Publicado en el Diario de Ávila el 16 de Noviembre de 2014.]

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