Es posible que el término patrimonio traiga a la mente del lector la imagen de pétreas edificaciones, suntuosos palacios, robustas iglesias, imponentes retablos, o cosas así. Patrimonio es, efectivamente, el rico tesoro que la historia nos ha dejado en la forma de estas joyas que nuestra responsabilidad nos obliga a mimar, adecentar y legar a las generaciones venideras. Pero el mismo término, y la misma responsabilidad, nos debería llamar también la atención sobre otra vertiente del mismo que, por menos visible, pasa más desapercibida: el patrimonio musical.

Del mismo modo que tendemos a escindir la cultura, como si de un hecho aislado en manos de un puñado de intelectuales se tratase, de nuestro propia forma de relacionarnos con la sociedad – ¿acaso no es el vestir, por ejemplo, una forma de cultura?-, así el patrimonio es mucho más que piedras, objetos y cachivaches diversos. Debería más bien concebirse como un amplio abanico de bienes, valores, y actitudes ante el hecho no solo artístico, sino también cultural y social que nos rodea.

En el caso de la música son numerosos los agentes implicados en que el patrimonio pueda seguir siendo reconocido como propio. El origen mismo del término patrimonio implica propiedad, y como tal se usa en el ámbito jurídico. El debate se abre al preguntarse quien es no ya el propietario, sino el acreedor de este patrimonio musical, y sobre todo cual es el fin para el que se concibió. Siglos de talento han abarrotado los archivos de bibliotecas, catedrales, monasterios y coleccionistas privados con más o menos escrúpulos, de páginas musicales de incalculable valor. Muchas de ellas han dado sin embargo con sus notas durante siglos – avatares del destino- en oscuras estanterías. Los propios compositores cedieron a menudo los “modestos frutos de su ingenio” a estos archivos con la esperanza de asegurar su interpretación por parte de las futuras generaciones. Su cuidada encuadernación, la rica ornamentación de sus miniaturas, y la extraordinaria calidad del papel que los contienen – las ediciones de nuestro Tomás Luis de Victoria son un buen ejemplo de ello – no son más que el indicio del inmenso valor musical que atesoran, y que solo puede apreciarse en toda su magnitud mediante su estudio, transcripción e interpretación. Podremos revivirlas así en el propio contexto geográfico, arquitectónico y/o litúrgico original, reemplazando de paso a otras composiciones oportunistas y con frecuencia descafeinadas de un más que dudoso valor artístico. ¿Por qué no recuperar ya de paso, en estos tiempos de paro asfixiante, las capillas musicales de aquellos espacios, que tanto hicieron por la conservación de este patrimonio?

Cada vez son más los grandes archivos y bibliotecas que están poniendo sus tesoros a disposición de todo el mundo, gracias a la poderosa herramienta que es internet, para compatibilizar su difusión – y por tanto su pervivencia – con su conservación. Otros guardan como oro en paño algo que alguien les dijo un día que era valioso, sin llegar a comprender que su valor va mucho más allá de lo que su visión alcanza. De este modo, aunque pueden efectivamente ser poseedores de voluminosos mamotretos ricamente iluminados, están privándose, en su ignorancia, y privándonos, en su dejadez, de un extraordinario patrimonio musical.

[Publicado en el Diario de Ávila el 11 de Mayo de 2014.]

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