Los gobiernos destinan a menudo miles de millones de euros a tratar de solventar males endémicos, corregir desviaciones críticas o castigar conductas impropias, aunque a menudo demasiado tarde, cuando el mal está ya hecho. Como en el caso del doctor que receta un calmante para el dolor sin atajar su origen de raíz, quizás la miope planificación a cuatro años vista, en lugar de en sucesivas generaciones, tenga algo que ver.

Los medios de comunicación nos han recordado estos días que hace bien poco Ruanda se desangraba en un genocidio fratricida alentado, en buena parte, por el odio inculcado desde una emisora local de radio, que animaba a aplastar a las “cucarachas” de la etnia vecina. Veíamos también como los parlamentarios ucranianos se liaban a tortas para tratar de defender por la fuerza lo que algunos no saben, pueden, o quieren defender con argumentos. En nuestro país, nuevos casos de violencia de género sacuden nuestras conciencias. Mientras tanto, en el parlamento regional se debate la Ley de Autoridad del Profesorado con la intención de poner al docente en el lugar de respeto y consideración que siempre debió tener y que, lamentablemente, hoy no tiene.

Del mismo modo que los hábitos de alimentación de la niñez determinan en gran medida el desarrollo y la salud futuros del adulto, así la educación a edades tempranas consolida sustancialmente lo que el individuo será en su madurez. Su capacidad para discernir, para filtrar las informaciones más o menos interesadas que le llegan, su espíritu crítico, su opinión en definitiva, son fruto de este proceso educativo. De ahí que la inversión en educación sea quizás la más rentable de todas cuantas una sociedad cabal viene obligada a realizar. No descubro nada nuevo, pero nunca está de más recordarlo las veces que sea necesario.

En un reciente viaje a China para ofrecer clases de música a algunos alumnos de universidades de aquel país tuve ocasión de conocer el inmenso aprecio que en su tradición mantienen hacia los responsables de la transmisión del conocimiento, hasta el punto de guardar deuda de por vida con todo aquél que comparte sus saberes. También los países nórdicos apuestan de forma decidida por la educación básica, siendo los maestros de la escuela primaria de estos países los más estimados y los mejor pagados, como los jueces o los médicos.

Todos recordamos con aprecio a los que consideramos nuestros maestros, los que han construido nuestra forma de pensar y de actuar. Los que supieron inculcar en nosotros algo mucho más valioso que conocimientos técnicos específicos: aquéllos que nos abrieron la ventana de la curiosidad, del interés por lo que nos rodea, del espíritu crítico, del respeto. Hoy, con recursos más limitados en pro de otros objetivos supuestamente más importantes, los maestros se esfuerzan por mostrar a sus alumnos cuales fueron los errores cometidos en el pasado, en un montañoso país africano, en el parlamento de un país en disputa, o en el domicilio de un matrimonio cualquiera de una ciudad cualquiera, para no volverlos a repetir. Porque conocen bien la importancia del buen uso del arma más poderosa del mundo: la educación.

[Publicado en el Diario de Ávila el 13 de Abril de 2014.]

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