Cuatro sencillas palabras en las que subyace no obstante una profunda sabiduría. El epitafio de Adolfo Suárez sintetiza no solo el más importante legado que nos deja el estadista, sino también una forma de entender la política y el progreso social.

Hoy asistimos con frecuencia a la encendida defensa de posiciones diametralmente opuestas desde el más absoluto inmovilismo. La pluralidad de opiniones y la riqueza de perspectivas de una democracia madura como la española no deberían confundirse con la mera proclamación vehemente, insistente y vacía de los postulados propios, que pasan de este modo de ser un simple medio de argumentación a convertirse en un fin en si mismos y que, lejos de conducir al progreso edificado sobre el consenso, provocan el estancamiento social y el hartazgo del ciudadano.

La labor del legislador no debe ser simplemente argumentar – en el mejor de los casos – y defender su postura, o la de sus votantes, ante la del adversario, si es que como tal puede considerarse al que disiente de su opinión. De los políticos se espera que sean capaces de alcanzar acuerdos, de limar los extremos para encontrar puntos en común, de tomar decisiones consensuadas que puedan posteriormente ejecutarse conforme a ese consenso. Nadie dice que ello sea fácil, pero precisamente para eso disponen de los mejores medios, de importantes beneficios sociales, y de buenos sueldos. No hace mucho escribía acerca del necesario clima de sosiego que el artista necesita en su proceso creativo: algo similar ocurre en el ejercicio de la responsabilidad del cargo público. Pero del mismo modo que una orquesta está obligada a alcanzar la concordancia en sus fraseos, el empaste en sus texturas, o el acuerdo en sus tempi, así los órganos de gobierno lo están a llegar a puntos en común. En el primer caso, la propia música – y la satisfacción del espectador, que es quien paga – depende de ello. En el segundo es el progreso social de la ciudadanía – que es quien vota – lo que está en juego.

La parte más compleja del aprendizaje musical es posiblemente aquélla que permite al intérprete ofrecer su discurso mientras se integra con el del compañero, aportando su granito de arena en la construcción del conjunto, pero sin interferir nunca en el discurrir colectivo. Tan importante es su aportación a la totalidad, absolutamente necesaria, como su discreción cuando el fin común lo demanda. El inmenso disfrute de sentirse parte del conjunto, vano en solitario, pero imprescindible de facto, es uno de los placeres del músico. Aunque para ello hayan sido necesarias cientos de horas de ensayo en las que cada uno de los integrantes de la agrupación aportan su visión de la pieza. Sólo el acuerdo final escenificado ante el público da validez a todo el proceso.

Seguramente lo que hizo grande a Suárez no fue su capacidad para imponer a otros sus planteamientos políticos, sino su talento para saber ceder, para negociar en pro de la consecución de unos objetivos clave previamente trazados por él mismo ante el Rey, cual partitura de la transición, en un trozo de papel. Objetivos que, en un ejercicio de honesta reflexión, al final resultan ser compartidos por todos. El resto de la trifulca política, como si de un ensayo se tratara, no debería importar tanto. La tramoya de la democracia solo debería servir para poner en pie la función, y no para deslumbrar al espectador con la prosodia del actor político. Es lo que se espera de él: que la concordia sea, como antaño, posible.

[Publicado en el Diario de Ávila el 30 de Marzo de 2014.]

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