Sentado frente al piano vertical del viejo edificio del conservatorio, con una manuscrita partitura en el atril y mis torpemente ejecutados ejercicios de armonía en su regazo, haciendo anotaciones por doquier con trazo firme y decidido con su siempre minúsculo lapicero. Esta es la primera imagen que guardo de Don Antonio. Todos los que hemos tenido el honor de recibir sus enseñanzas reconoceremos muy probablemente en esta instantánea el resumen de lo que nuestro estimado profesor ha sido y es aún hoy para nosotros. Desde la discreción que lo caracteriza, desde la sinceridad de reconocer abiertamente que lo mejor es siempre enemigo de lo bueno, sin falsas complacencias, cualidades éstas del maestro, del artista, del artesano, del auténtico músico.

Su entusiasmo por la música, y por el arte en general, ha contagiado a legiones de melómanos. Su capacidad de trabajo, el inmenso respeto y admiración – origen necesario siempre de la enseñanza de un arte – por la música de los grandes, que estudiaba, diseccionaba, y despojaba de todo artificio para mostrar clara y nítidamente su esencia para el pleno conocimiento y común regocijo de sus alumnos, han sido durante años sus credenciales. La grandeza del maestro que sabe ponerse al nivel del discípulo, sea este avezado compositor, joven diletante, intérprete, cantor, coralista o instrumentista, es comúnmente reconocida. Sus transcripciones, cantadas por coros de todas partes – aún sin saberlo, ya que en su modestia su nombre nunca ha figurado en los papeles con la frecuencia que su talento demanda -, son un buen ejemplo de su saber estar, de su humildad para ponerse al servicio de los grandes. Sus composiciones, algunas de ellas realmente admirables, y todas ellas como admirador de otros, son ciertamente menos conocidas.

Ahora que nuestro amigo Antonio no se encuentra en las condiciones que a todos nos gustaría para seguir disfrutando de su talento, cabría preguntarse cuánto le debe esta ciudad, sus coros, las generaciones de músicos que él, junto a otros, formó. Cuánto le debe su Conservatorio, que hoy tengo el honor de conducir. Cuánto la instituciones y entidades, públicas y privadas que, más conscientes a menudo de su disposición permanente a colaborar en lo que fuese menester para la difusión de la música que de su auténtico talento y de su sabia opinión, siempre contaron con él para depende qué cosas. Su encendida defensa del patrimonio musical abulense, muy especialmente de la figura de Tomás Luis de Victoria – él ha estado en la génesis de los últimos movimientos que han dado en la creación del Centro de Estudios Tomás Luis de Victoria y del Festival Internacional de Música Abvlensis -, es bien conocida por todos. Sin embargo la respuesta a sus fundamentadas, sólidas y siempre coherentes demandas ha sido a menudo tan tímida como él mismo. La misma vehemencia que ponía en la corrección de la conducción de las voces en un ejercicio de armonía, o en el empaste de éstas en el ensayo de su adorado Coro Gregoriano de La Santa, la plasmaba en el papel, siempre con agudeza e ingenio, ante las instituciones de todo el país que pudieran poner a Ávila, a Victoria, y a la música en general en el lugar que les corresponde.

En unos días el Conservatorio de Música le rendirá un homenaje en las manos y los instrumentos de sus exalumnos. Un acto sencillo, sin alaracas ni grandes fastos. Sincero, amable, y profundamente justo, como él. El homenaje al maestro que nos ha dado a todos la más importante de las lecciones: que siempre hay que trabajar hasta la extenuación por lo que se cree, por lo que se ama.

Gracias, maestro.

[Publicado en el Diario de Ávila el 16 de Marzo de 2014.]

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2 Comments

  1. Oscar says:

    03/05/16 @ 11:50 

    (Comentario de Antonio Palencia)

    Gracias Oscar por el artículo sobre el P. Antonio Bernaldo de Quirós, todos los que le conocimos cuando estaba bien de salud, coincidimos con lo acertado de tus apreciaciones, estima y admiración hacia el P. Antonio B. de Quirós. Gracias.

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    • Oscar says:

      03/05/16 @ 11:50 

      Simplemente es de justicia. Saludos.

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