Por favor

A nadie se nos escapa que vivimos en una sociedad compleja. Aunque esta complejidad es muchas veces autoimpuesta y en buena parte responsable de los males que nos aquejan a los individuos que transitamos por ella. Un buen ejemplo de desnaturalización de la realidad es la creciente competitividad imperante en nuestro entorno.

Nos vemos obligados desde niños a librar una batalla sin cuartel por desmarcarnos del resto, por destacar en algo – ser el mejor de nuestro portal, como dice un amigo – que nos aleje lo más posible del profundo sumidero del paro juvenil. Tras dedicar la mañana al colegio o al instituto, nuestros chicos vuelven a casa cargados de toneladas de deberes, de toda suerte de tareas que garanticen que los saberes recién adquiridos quedan indisolublemente adheridos a sus almas. Tras las preceptivas clases particulares de inglés, música y matemáticas de la tarde, que les asegurarán ser ciudadanos de provecho, llegan por fin a su casa. Allí consumen su generosa ración diaria de concursos televisivos en los que un implacable jurado selecciona al mejor cocinero, al mejor bailarín, o al mejor cantante. Se nos olvida sin embargo que competir está muy bien, pero que sencillamente correr está aún mejor, que no ganar no es necesariamente sinónimo de perder, y que por encima de todo, como decía Machado, se hace camino al andar. Porque, vamos a ver, ¿qué es triunfar? Para unos es ganar mucho dinero, para otros adquirir gran poder. Otros asocian el triunfo con la popularidad, con la fama. Yo opino que triunfar es conseguir ser feliz.

Esta competitividad brutal, que en nuestro país cuenta con ministerio propio – también hay otro de igualdad, como si el concepto pudiese llevar registro de entradas y salidas -, en otros países superpoblados está provocando estragos en el modo de vida de sus sufridos habitantes. ¿Dónde quedan las vocaciones?¿Dónde el aprecio a las capacidades naturales de cada individuo, que lo diferencian de sus congéneres? Ya no tenemos tiempo para pararnos a pensar qué se nos da bien o qué nos gustaría ser de mayores. En el fondo da igual: seremos lo que nos toque o nos manden ser en una sociedad de individuos infelices que cada día acuden – en el mejor de los casos – a un puesto de trabajo que aborrecen. Pero seremos competitivos, eso sí. Nuestra prima de riesgo será la envidia de nuestros vecinos del norte, y la marca España será admirada y respetada en los principales foros internacionales. Llegarán las inversiones, todos seremos un poco más ricos. Y la tierra manará ríos de leche y miel.

Fijar prioridades es quizá una de las tareas más arduas y complejas del legislador. La otra es ejercer sus responsabilidades. Si se toman decisiones inadecuadas las consecuencias pueden ser catastróficas a largo plazo. En una sociedad en la que todo vale por hacerse un hueco, el valor del individuo pasa a un segundo plano. El placer de descubrir, de experimentar, de aprender en suma, desaparece, porque se convierte en una imposición. Perderemos así poco a poco lo que nos hace verdaderamente humanos: nuestra capacidad para crear.

Escuchaba a un locutor de radio un viernes por la tarde pedir – y lo hacía por favor – a sus oyentes que disfrutaran de su tiempo libre. ¿No sería mejor pedirles disfrutar también del resto un lunes? ¿O al menos intentarlo? Está bien, ya lo hago yo: disfruten de todo su tiempo. O al menos inténtenlo, por favor.

[Publicado en el Diario de Ávila el 16 de Febrero de 2014.]

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