¿Igualdad? No, gracias

Lo de que todos somos iguales es algo muy cuestionable. Por fortuna, nadie es igual que otro: ni las mujeres son iguales que los hombres, ni los jóvenes son iguales que los mayores, ni mi manera de pensar es igual que la de usted. Esta diferencia pasa por ser una de nuestras mayores virtudes, aunque a menudo puede verse doblegada ante el discurso social, político y mediático de nuestro entorno.

La diversidad es la base de nuestra evolución. La variedad de opiniones, argumentos y posturas es el motor del progreso. Sin embargo, el atávico miedo a lo diferente, nuestra innata hostilidad hacia lo que no conocemos, frena a menudo nuestro desarrollo personal y social. Aunque confundir la necesaria capacidad de integración y coexistencia de todas estas realidades con la homogeneización cultural es un enorme error de consecuencias catastróficas a medio y largo plazo.

Una sociedad madura debe disponer de los mecanismos necesarios para permitir el pleno desarrollo de todos y cada uno de sus individuos. En eso estamos todos de acuerdo. Pero esto debe ser válido tanto para los que precisan adaptaciones de cualquier tipo – educativas, físicas, intelectuales – para alcanzar el nivel mínimo de capacidad y competencia, como para los que, fruto de su talento pero sobre todo de su capacidad de trabajo, pueden lograr objetivos que no están al alcance de la mayoría. Los brillantes científicos que trabajan hoy en mejorar nuestra salud de mañana, los talentosos estudiantes de música u otras disciplinas artísticas, o los deportistas de élite que entrenan sin descanso para correr más rápido, saltar más alto o llegar más lejos, son un buen ejemplo. Y el argumento de que, como tienen talento, ya se buscarán la vida, no puede ser válido en un país desarrollado que se jacta de serlo.

El tiempo nos ha enseñado que buena parte de lo que hoy somos se lo debemos a estas personas que se salen de la media. Todos hemos tenido ocasión de maravillarnos ante las obras maestras de los más afamados artistas. También hemos disfrutado de los avances médicos alcanzados por los grandes científicos que en el mundo han sido. O nos hemos admirado frente a los hitos marcados en la historia del pensamiento por los grandes filósofos. Pero son menos populares las enormes dificultades que éstos hubieron de padecer con frecuencia para poder desarrollar un talento y unas capacidades que solo ellos sabían que tenían. Esto en el mejor de los casos: a buen seguro hemos perdido por el camino multitud de mentes brillantes y grandes talentos. Algo que, tal vez justificable en el pasado, hoy no lo es tanto.

Es importante no confundir este necesario respaldo al talento con un indeseable elitismo. A pesar de estar separada por una delgada línea de la siempre nefasta envidia – que busca precisamente la igualdad por demérito del semejante-, la admiración hacia el talento es una fuente inagotable de motivación que no existiría si fuésemos todos iguales. Se trata de dar cabida a esta diversidad con naturalidad, sin estridencias disfrazadas de una supuesta y a menudo forzada excelencia. Porque el talento está por todas partes y brota, si se abona, en todas las disciplinas y oficios. Los premios, los aplausos y los reconocimientos públicos están muy bien. Pero están mejor las becas, la flexibilización de los planes de estudio, y las inversiones en investigación y desarrollo. El tiempo ya se encargará de hacer el resto.

[Publicado en el Diario de Ávila el 2 de Febrero de 2014.]

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