Mire Ud. detrás

Hace unos días Rosa Solà daba en El País su opinión acerca del concierto que el pianista chino Lang Lang – seguramente no hace falta que sea usted un avezado consumidor de música clásica para que le suene, ya que comparte popularidad en los medios generalistas con actores o futbolistas – ofreció el pasado día 5 de octubre en Valencia. No salía muy bien parado el señor Lang en esta crítica, tildado de circense por la autora del artículo. La particular cualidad que va de lo brillante, pasando por lo virtuosístico, hasta llegar a lo simplemente mediático, habitual en el mundo de la música culta, ha hecho poco bien a la música. Hubo un tiempo en que el arte lo era más por su cualidad emotiva que por su mera intención de epatar al asombrado oyente – ¿o debería decir espectador? -. Yendo más lejos, el término tecnos, adaptación del original griego, significa indistintamente arte y técnica. Luego, en su origen, la técnica no era algo distinto del arte. Bien lo demostraron los grandes intérpretes de finales del siglo XIX, quienes ponían todo su talento al servicio de la música de otros y nunca se vendieron – los verdaderamente grandes – al halago fácil del virtuosismo barato y vacío.

El arte es otra cosa. En la escultura es la sutil emoción que transmite la curvatura de la materia. En la pintura, es el mensaje que subyace bajo el trazo. En la música, lo que está detrás de las notas, allá en el fondo. No hay mejor manera de traicionar a una partitura – la frase creo que es de Gustav Mahler – que serle totalmente fiel. Y para eso, no para otra cosa, está el intérprete.

Me vienen a la cabeza las carátulas de los discos – hoy los irisados cds, otrora los honorable s vinilos con el cálido susurro de la aguja bajo el sonido – en las que se yergue el apolíneo retrato del intérprete en cuestión, mientras en pequeñito, allí en la esquina del cartón, se lee el nombre del compositor y de las piezas que contiene el registro. Si el intérprete ha optado por sobreponer en la parte visual su presencia a la de Bach, Mozart o Beethoven, es muy posible que en la sonora también escuchemos más al intérprete que al compositor, o lo que es peor, que a la propia música. Si en algo se diferencia un buen intérprete de uno malo es en su capacidad para desaparecer y dar paso a que la música cobre el protagonismo debe. Saber estar, vamos.

Todo ello me lleva a plantear la cuestión del valor de lo dicho sobre quien lo dice, de lo hecho sobre quien lo hace, y también de lo no hecho sobre quien lo omite. Cuando hay un acierto en la gestión, siempre habrá quien se vanaglorie de ese éxito, hasta incluso ensombrecerlo – lo contrario no es necesariamente cierto, claro -. “Por sus obras los conoceréis”, decía San Mateo; hoy les conocemos más por su foto. Los que nos dedicamos a la enseñanza debemos empeñarnos por inculcar a nuestro jóvenes el aprecio por lo auténticamente valioso, lo que perdura, sobre lo accesorio, sobre el halago fácil y casi siempre interesado – aunque no se vaya usted a creer, una palmadita en la espalda de nuestros sufridos y no siempre reconocidos jóvenes no está mal de vez en cuando -.

Cuando tenga entre sus manos una de estas carátulas-retrato, retire el disco y escúchelo. Es probable que encuentre allí al compositor, o incluso su música. Cuando vea en televisión una de esas caras tan conocidas, retire la vista y escuche con atención lo que dice. Es probable que cambie de canal.

[Publicado en el Diario de Ávila el 20 de Octubre de 2013.]

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