Paisanaje

Mientras la joven del sencillo abrigo rosa mira distraídamente por la ventana del autobús, su novio charla animadamente con la señora de rostro risueño y traje atemporal. Ésta devuelve la conversación a la parte delantera del vehículo, como quien reparte juego en un partido. Su marido, en el asiento posterior, observa callado la evolución de la charla, con la misma calma con la que se ha mostrado durante todo el fin de semana. La que parece ser la madre de la señora saborea con fruición su tarrina de arroz. Es musulmana, aunque su perenne gorro de lluvia estampado no lo deje entrever, y la sabrosa carne que nos han puesto no parece formar parte de sus costumbres. Las mías en cambio se han adaptado progresivamente a las chinas, lo que sorprendentemente me ha permitido no echar de menos la gastronomía de mi tierra.

Dicen por aquí que lo más importante, lo primero, es comer. Ello eleva el ánimo, y despierta el ingenio. Eso y los licores con que el simpático señor de la cazadora de cuero y gafas prominentes acostumbra acompañar sus almuerzos. Su sacrificada señora explica resignadamente al grupo las particularidades de su esposo. Todos ríen. Yo también, sin saber muy bien por qué.

Me miran con simpatía cuando manejo torpemente los palillos, y sonríen amablemente mientras me acercan en primicia los diferentes platos de la mesa giratoria con mantel de recambio mientras los consumimos a velocidad vertiginosa.

Los alrededores del Xi Hu, el mítico Lago del Oeste de Hangzhou, están poblados por gente pintoresca. Eso han debido pensar todos los que hoy me han pedido hacerse una foto conmigo.

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