Se supone que esta iba a ser mi primera media marathon, pero finalmente ha sido la segunda, porque la semana pasada me puse así, al tran tran, a la salida del trabajo y ya me adentré en los secretos de la anhelada distancia. Ello sin embargo no le ha restado relevancia a la carrera de hoy, que ha sido, eso sí, mucho más dura que la de hace unos días. Y es que las empinadas cuestas segovianas y esos empredrados suelos castellanos han hecho mella sin duda en las casi 4.000 almas que tomamos la salida al son de un pintoresco cañonazo de la infantería. Carrera, eso sí, de precioso recorrido, con una animación por las calles espectacular: en cada rotonda, la charanga, la rondalla, y un grupo de heavy metal dando caña. Música por todas partes. Y gente, mucha gente. En la salida se perdía en el horizonte la hilera multicolor de los que allí arrancábamos una nueva aventura que, afortunadamente, ha acabado con bien. Tan sólo hubiera sido deseable un poco menos de intrusismo del público general en la zona de salida reservada a los corredores, que ya eran bastantes. Pero el resto de la organización perfecto: masajistas al final, bebida y comida a lo largo de la carrera. Y las duchas al final, en el cuartel de artillería: definitivamente no me arrepiento de no haber hecho la mili. No sé si temía más que nos gasearan a todos allí o que se me cayera la pastilla de jabón…
En fín. Magnífica experiencia de nuevo de la que me quedo con un bonito recuerdo: mi medalla. No me preguntéis por qué puesto. Es mía y es lo que importa. Me la he ganado. Y me emplazo hasta la próxima Media: la de Ávila, en Mayo. Nos vemos allí.

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