Uno de los mayores placeres que creo podemos experimentar saliendo a correr es hacerlo en lugares que por uno u otro motivo sean singulares, en sí mismos, para nosotros en particular, o por ambos motivos.
En el caso de Florencia, y en el mío en particular, supone un ciclo que se cierra. En Agosto del año pasado comencé a correr sobre el pavimento mojado de las históricas losas de la ciudad de Florencia. Este fin de semana pasado, algo más de un año después, vuelvo a hacerlo: del Mercato Centrale al Duomo, del Duomo a la Piazza de la Signoria, de la Signoria al Ponte Vecchio, Palazzo Pitti, Piazzale Michelangelo… Tan sólo yo, los barrenderos que preparan las calles, aún vacías, para recibir miríadas de turistas, y el sonido lejano de las campanas de la Santa Croce.
Un año después todo sigue igual. Bueno, todo no: doce meses de entrenamiento hacen mucho y mi ritmo es ahora mucho mejor. Eso sí: el placer sigue siendo igual de indescriptible.

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