Reproduzco íntegro a continuación al artículo que, invitado por el Director, redacté acerca de mi paso por el Instituto, y que se ha publicado en el no 4 de la revista Speculum del Centro.

Recibo con agrado la invitación de escribir una breve reseña de lo que fueron mis años en el Instituto “Alonso de Madrigal”, y sólo cuando me pongo manos a la obra me sorprende comprobar que han pasado ya 19 años desde que en 1990 pasé a formar parte de aquella querida “comunidad educativa”. Observo con curiosidad mi infantil aspecto de la foto del libro de calificaciones y comprendo que los cuatro años que pasé en el Instituto fueron para mí un puente entre la niñez y una madurez que, si bien sigue aún hoy en mi horizonte, me permitía contemplar entonces mi entorno con una mente más abierta, un criterio más formado y una perspectiva más amplia que cuando llegué. El cambio de la “Educación General Básica” al “Bachillerato Unificado Polivalente” de entonces suponía un claro contraste en la dinámica del estudio: era mucho lo que había que aprender allí y uno debía organizar su tiempo y su esfuerzo para poder abarcarlo de la mejor manera posible. Lección de independencia y rigor que con el tiempo sería uno de los pilares de mi formación musical profesional posterior.

Guardo un especial recuerdo de mi segundo año. Debido a la reforma que hubo de hacerse en el antiguo edificio para, entre otras cosas, dotarlo del amplio recibidor con el que hoy cuenta, tuvimos que trasladarnos en el curso 1991-92 al antiguo Colegio de Huérfanos, hoy sede de la Universidad Católica de Ávila. Recuerdo los viajes diarios en los autobuses que nos pusieron para acudir cada mañana a clase. Y las clases matutinas de educación física forzosa tras el autobús si no querías llegar tarde al examen de primera hora. El viaje de vuelta resultaba siempre más distendido, dando lugar a animadas tertulias y todo tipo de anécdotas que aún hoy me hacen sonreír. Corría el “conmemorativo” 1992 y, entre las perennes matemáticas, la geografía o el inglés, se coló una pintoresca asignatura llamada “Taller de Iberoamérica”, que yo tuve ocasión de cursar. En aquél Segundo D me crucé con gente realmente extraordinaria, con la que viví momentos estupendos y con la que hoy sigo manteniendo una gran amistad. Y sé que aquel edificio, el instituto y su gente, tuvo mucho que ver. Tantas horas de estudio compartido eran un caldo de cultivo propicio para, a una edad en la que todo se vive con una inusitada intensidad, crear unos vínculos que posiblemente se mantendrán durante toda la vida.

Tuve la ocasión de aprender con muchos profesores, pero sin duda uno de los más especiales fue don Manuel Romero. Los que lo han conocido saben que el adjetivo “especial” no es aleatorio. Persona de profundos conocimientos, tal vez no siempre gozó del favor del alumnado. Sin embargo yo guardo un gran recuerdo de él, de sus interminables explicaciones tiza en mano llenando pizarras y pizarras de ecuaciones que brotaban de su cabeza con una concatenación asombrosa y no siempre fácil de seguir. Un día, en un acto del instituto, ambos tuvimos mutuo conocimiento de nuestra común afición musical: lo mío era el piano y lo suyo, el violín.

Todavía me sorprendo de cómo pude compaginar los estudios en el instituto con los de la Escuela Oficial de Idiomas y los del Conservatorio. Hoy son mis alumnos los que intentan, con admirable tesón y notable éxito, mantener un ritmo de estudio razonable en todas estas disciplinas. Sin embargo, a pesar de mi temprana vocación, en todo momento comprendí la importancia de la formación que recibía en el Instituto. Y no sólo por los contenidos de las clases en sí, sino también por el trato con las personas, por un notable interés en la vida académica y lo que representaba, y por una conciencia clara de que la formación recibida en él sería fundamental para mí futuro. Y así ha sido. El recuerdo de aquellos años no hace en mí sino acrecentar la admiración y el respeto por todos los que en el “Alonso” desarrollan su labor, y más aún hoy desde la responsabilidad que me toca ejercer en este momento como director del Conservatorio Profesional de Música de Ávila: a los profesores por la compleja y fundamental labor que realizan en unos años cruciales y a menudo complicados en la formación de los alumnos y, sobre todo, a los alumnos por el desafío que para ellos supone afrontar un futuro lleno de retos personales y profesionales.

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