El gran ruedo español

Tras el período estival me incorporo de nuevo a mi disciplina dominical, y lo hago compartiendo con los lectores otro arranque, este personal, de temporada: la del Teatro Real. Asistí esta semana a una Carmen que, en producción de la Ópera Nacional de París, repone sobre las tablas la para unos valiente y para otros irreverente –murmuraba el ágora de corrillos en el entreacto– escenografía de Calixto Bieito. Sea por la sórdida modernidad que rezuma la producción, o por la exquisita musicalización que del texto de Merimée hizo Bizet, el caso es que sale uno con el alma encendida y la mente inquieta. Es ésta una tragedia –aunque la denominación original de Ópera comique pueda indicar otra cosa– que nos habla de amor, pero también de lealtad. De libertad, pero también del abismo al que su irresponsable ejercicio nos arroja. Y de España, lo que quiera ello que fuera, tanto entonces como ahora. ¿Les suena?

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