JASP

Fin de curso. La mesa repleta de libros, cuadernos, apuntes. El acompasado tic nervioso del pie contra el suelo. Un bolígrafo mordisqueado sirve de estribo con el que trazar mentalmente el perfil de fórmulas, cifras y fechas. La mirada fija en algún punto del infinito que lucha por ceñirse al temario, mientras evita penosamente caer en las cálidas redes del incipiente verano que se cuela por las ventanas de la biblioteca. La estampa se repite cada año y alcanza su clímax en estas fechas en las que, quien más quien menos, se juega un acceso a la universidad, un paso de grado, o unas vacaciones siquiera libres de obligaciones académicas. Y aunque todos hemos pasado por ese cuello de botella siente uno que la tiranía de la continua evaluación crece cada curso y amenaza con pasarnos factura.

Mientras espero a ser atendido en la farmacia, hasta tres personas –sufridos padres de otros tantos estudiantes, supongo–, se interesan por los suplementos vitamínicos. “Es por lo de los exámenes”, afirman con resignación. “Éste lleva zinc y magnesio”, responde el boticario mientras les extiende un frasco lleno de cápsulas. “Los mismos elementos que estarán estudiando en química”, pienso yo. Mientras se termina de inventar la pastilla de la ciencia infusa la industria farmacéutica se encargar de dopar convenientemente a nuestros hijos en lo que no debería ser más que su natural tránsito por el sistema educativo.

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